Solaribus
Poeta veterano en el portal
Desde este campo florecido
de cirios que es la noche,
cantando su lumínica presencia,
como si fuera un coro tenue y seráfico,
un ramillete de luciérnagas
ha partido hacia tus voces,
tus secretos, tus colores,
tu magnífica soledad
de amante inusitada,
a visitarte.
Llevan consigo un séquito
de flores secas,
perfumadas, profundas,
antiguas e intangibles
como un silencio
de beso a medianoche.
El que con toda mi alma
quisiera regalarte
y me es vedado.
Tal vez por eso se pasea
irreverente en los jardines
sin problemas de horario
ni desmanes
con una promesa posible
de sol entre sus pliegues.
Lame los cristales el rocío,
como lágrimas de azul de frío
consagradas a esta soledad de jazminero.
Y no hay clepsidra que mida
los instantes desde aquí
hasta el suspiro,
hasta el instante de la entrega toda,
hasta el estallo de la fiesta
del alma y de la sangre.
Estos besos que hoy
no puedo esparcir sobre tu rostro
son hierba que alimenta y viento que aviva
el fuego de aquellos que intentaré
arrojar sobre tu piel amanecida,
sobre tu vientre,
sobre tus pechos de madreselva,
sobre tus ojos,
sobre tu labios de abeja y de mar,
sobre tus manos y espalda
de mujer gigantesca,
de hembra laboriosa y perfumada
de temor y valentía.
Estos besos que hoy
no puedo esparcir sobre tu rostro
son un canto silencioso
en medio de las sombras,
un grito de dolor entumecido,
una esperanza bordada de encuentro.
Concierto de caricias prometidas,
susurro de pasión que el viento anuncia
entre las copas más altas de los álamos...
de cirios que es la noche,
cantando su lumínica presencia,
como si fuera un coro tenue y seráfico,
un ramillete de luciérnagas
ha partido hacia tus voces,
tus secretos, tus colores,
tu magnífica soledad
de amante inusitada,
a visitarte.
Llevan consigo un séquito
de flores secas,
perfumadas, profundas,
antiguas e intangibles
como un silencio
de beso a medianoche.
El que con toda mi alma
quisiera regalarte
y me es vedado.
Tal vez por eso se pasea
irreverente en los jardines
sin problemas de horario
ni desmanes
con una promesa posible
de sol entre sus pliegues.
Lame los cristales el rocío,
como lágrimas de azul de frío
consagradas a esta soledad de jazminero.
Y no hay clepsidra que mida
los instantes desde aquí
hasta el suspiro,
hasta el instante de la entrega toda,
hasta el estallo de la fiesta
del alma y de la sangre.
Estos besos que hoy
no puedo esparcir sobre tu rostro
son hierba que alimenta y viento que aviva
el fuego de aquellos que intentaré
arrojar sobre tu piel amanecida,
sobre tu vientre,
sobre tus pechos de madreselva,
sobre tus ojos,
sobre tu labios de abeja y de mar,
sobre tus manos y espalda
de mujer gigantesca,
de hembra laboriosa y perfumada
de temor y valentía.
Estos besos que hoy
no puedo esparcir sobre tu rostro
son un canto silencioso
en medio de las sombras,
un grito de dolor entumecido,
una esperanza bordada de encuentro.
Concierto de caricias prometidas,
susurro de pasión que el viento anuncia
entre las copas más altas de los álamos...