jose villa
Poeta que considera el portal su segunda casa
mientras me alcoholizo a conciencia durante las horas que median
entre la noche del sábado y la madrugada del domingo
allí sentado al fondo de uno de tantos congaletes de mierda que se suceden a todo lo largo
de esa jodida carretera llena de baches que, saliendo de sayulita rumbo al sur
avanza bordeando la costa de nayarit y se introduce en tierras de jalisco
la nostalgia me atrapa de pronto como un rottweiler asesino que lanzara dentelladas a mi corazón
cuando alguna de las furcias que pululan entre las mesas meneando el culo
va y se planta frente a la rocola y mete un par de monedas en ella y
por casualidad selecciona precisamente aquella puta canción de los caminantes que
merced a una de esas conexiones que se forman entre ciertos momentos y una canción determinada
no puedo oír nunca sin que ya desde los tres primeros acordes del bajo
surja dentro de mi cerebro, como impulsada por un puto resorte
la imagen de aquella furcia barata que me llevó
a la tierna edad de 19 años, con toda la vida aún por delante y un costal
lleno de ilusiones a mi espalda -nótese
la puta cantidad de tópicos cursis que se están colando en el poemo-
que me llevó a terminar siendo encerrado por mi propia familia durante 3 meses
en una jodida clínica de rehabilitación para adictos de mierda y psicópatas en potencia
se llamaba blanca estela y puteaba en un congal a las afueras de san juan
donde el atractivo principal era un trío de músicos alcohólicos que tocaban música "en vivo"
y cuyo repertorio abarcaba un buen número de rolas pegadoras de bandas gruperas
tales como los dichosos caminantes, los temerarios, los bukis, los tigres del norte etc.
la primera vez que nuestras miradas se cruzaron
franqueando de un extremo a otro el espacio lleno de humo y aroma a perdición
del abarrotado salón del copacabana aquella noche de viernes botanero
los músicos tocaban "solo los tontos" en un rincón del puto congal
y las notas de la canción fueron a quedar así automaticamente anexadas
al estremecimiento interno que el flechazo que blanca me clavó con su mirada
causó instantáneamente en el centro del tierno e ingenuo corazón
del cabrón mamoncete que era yo por aquel entonces
han pasado muchos años desde ese día
blanca lo más probable es que ya tenga un buen rato metida tres metros bajo tierra
en cualquier olvidado predio camposanteril de algún caserío por el rumbo de la sierra de autlán
-me llevaba 12 años y tomaba el doble de alcohol que yo-
y aunque nunca olvidaré cómo me bastaba con mirar el fondo de sus ojos
para sentir como si mi cuerpo planeara sobre el suelo con la ingravidez
de un cóndor que surcara el cielo 10 mil metros por encima de los picos de los andes
ni olvidaré tampoco las mamadotas que me hacía recostada sobre la arena cuando íbamos a la playa
borrachos los dos de cerveza y fumados hasta el culo
sin embargo, la verdad es que no tengo ningún deseo de hablar respecto a eso
no quiero hablar tampoco de cuando me rebané las venas del brazo
estrellando el puño contra el cristal de la ventanilla del lado del conductor
encabronado al ver, apenas que me disponía a bajar de mi carromato
a blanca saliendo del jodido congal con un hijo de puta vestido como un cowboy
que la llevaba del brazo y la agarró del culo como si se lo quisiera arrancar
con el pretexto de ayudarla a treparse a una camionetota 4x4 último modelo
en la que luego se largaron cagando leches para dirigirse a coger rumbo al monte
no quiero hablar de blanca ni de la serie de pinches numeritos mamones
-el de la vez que me desangré como puerco dentro del coche fue sólo uno de tantos-
que mi encoñamiento con esa veleidosa criatura del averno me llevó a protagonizar
no quiero hablar del tremendo potencial de tristeza y dolor y pesadumbre
que guardan esos intempestivos flash backs procedentes de turbias épocas ya caducadas
que a veces lo asaltan a uno cuando va y se mete a darle al trago
en algún pinche congal de quinta donde quizás recalara
arrastrado por la soledad y el tedio que envuelve progresivamente
esos inocuos y apagados días característicos de la vejez...
"dices que no quieres hablar de esa fulana de los cojones, pinche villa
pero no te callas y le sigues dando a la puta lengua como un jodido molinillo para chocolate"
"es mi poema, hijo de la chingada
y en él yo hago lo que me sale de los jodidos huevos"
y bueno, como les iba contando...
.
entre la noche del sábado y la madrugada del domingo
allí sentado al fondo de uno de tantos congaletes de mierda que se suceden a todo lo largo
de esa jodida carretera llena de baches que, saliendo de sayulita rumbo al sur
avanza bordeando la costa de nayarit y se introduce en tierras de jalisco
la nostalgia me atrapa de pronto como un rottweiler asesino que lanzara dentelladas a mi corazón
cuando alguna de las furcias que pululan entre las mesas meneando el culo
va y se planta frente a la rocola y mete un par de monedas en ella y
por casualidad selecciona precisamente aquella puta canción de los caminantes que
merced a una de esas conexiones que se forman entre ciertos momentos y una canción determinada
no puedo oír nunca sin que ya desde los tres primeros acordes del bajo
surja dentro de mi cerebro, como impulsada por un puto resorte
la imagen de aquella furcia barata que me llevó
a la tierna edad de 19 años, con toda la vida aún por delante y un costal
lleno de ilusiones a mi espalda -nótese
la puta cantidad de tópicos cursis que se están colando en el poemo-
que me llevó a terminar siendo encerrado por mi propia familia durante 3 meses
en una jodida clínica de rehabilitación para adictos de mierda y psicópatas en potencia
se llamaba blanca estela y puteaba en un congal a las afueras de san juan
donde el atractivo principal era un trío de músicos alcohólicos que tocaban música "en vivo"
y cuyo repertorio abarcaba un buen número de rolas pegadoras de bandas gruperas
tales como los dichosos caminantes, los temerarios, los bukis, los tigres del norte etc.
la primera vez que nuestras miradas se cruzaron
franqueando de un extremo a otro el espacio lleno de humo y aroma a perdición
del abarrotado salón del copacabana aquella noche de viernes botanero
los músicos tocaban "solo los tontos" en un rincón del puto congal
y las notas de la canción fueron a quedar así automaticamente anexadas
al estremecimiento interno que el flechazo que blanca me clavó con su mirada
causó instantáneamente en el centro del tierno e ingenuo corazón
del cabrón mamoncete que era yo por aquel entonces
han pasado muchos años desde ese día
blanca lo más probable es que ya tenga un buen rato metida tres metros bajo tierra
en cualquier olvidado predio camposanteril de algún caserío por el rumbo de la sierra de autlán
-me llevaba 12 años y tomaba el doble de alcohol que yo-
y aunque nunca olvidaré cómo me bastaba con mirar el fondo de sus ojos
para sentir como si mi cuerpo planeara sobre el suelo con la ingravidez
de un cóndor que surcara el cielo 10 mil metros por encima de los picos de los andes
ni olvidaré tampoco las mamadotas que me hacía recostada sobre la arena cuando íbamos a la playa
borrachos los dos de cerveza y fumados hasta el culo
sin embargo, la verdad es que no tengo ningún deseo de hablar respecto a eso
no quiero hablar tampoco de cuando me rebané las venas del brazo
estrellando el puño contra el cristal de la ventanilla del lado del conductor
encabronado al ver, apenas que me disponía a bajar de mi carromato
a blanca saliendo del jodido congal con un hijo de puta vestido como un cowboy
que la llevaba del brazo y la agarró del culo como si se lo quisiera arrancar
con el pretexto de ayudarla a treparse a una camionetota 4x4 último modelo
en la que luego se largaron cagando leches para dirigirse a coger rumbo al monte
no quiero hablar de blanca ni de la serie de pinches numeritos mamones
-el de la vez que me desangré como puerco dentro del coche fue sólo uno de tantos-
que mi encoñamiento con esa veleidosa criatura del averno me llevó a protagonizar
no quiero hablar del tremendo potencial de tristeza y dolor y pesadumbre
que guardan esos intempestivos flash backs procedentes de turbias épocas ya caducadas
que a veces lo asaltan a uno cuando va y se mete a darle al trago
en algún pinche congal de quinta donde quizás recalara
arrastrado por la soledad y el tedio que envuelve progresivamente
esos inocuos y apagados días característicos de la vejez...
"dices que no quieres hablar de esa fulana de los cojones, pinche villa
pero no te callas y le sigues dando a la puta lengua como un jodido molinillo para chocolate"
"es mi poema, hijo de la chingada
y en él yo hago lo que me sale de los jodidos huevos"
y bueno, como les iba contando...
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