Blancanieves, una tarde
Anublada y algo tristona
A su cochero llamó.
La carroza precisaba
Pues desde hacía
Bastantes meses,
Cuando su marido no estaba,
Salía hacia un destino
Que en palacio no era conocido.
Y no te creas
Que tenía una aventura
Que la cosa
Era tan increíble
Que se pensaría un chiste.
Después de viajar
Hacia el sur,
Por oscuros recovecos,
Llegó a un castillo
Que imponente se recortaba
Contra el cielo infinito.
Llamó a su puerta
A la vez que a su
Cochero decía:
“Vete al pueblo más cercano
Y allí en la taberna
Pásate un rato
Y dentro de dos horas
Regresas.
Y no te olvides,
Que de esto no hablarás
O sin tu lengua
Te quedarás”.
El cochero asintió
Y la carroza partió.
En ese momento, alguien,
Con ceremonia abrió:
“¿Qué deseáis, señora?”.
“Hablar con la dueña de la casa.
Pero, ¿a qué preguntar?.
Sabes muy bien
Que de visita vengo,
Como lo he estado haciendo
Durante todos estos meses.
Así que, anúnciame,
Que no puedo esperar
Que me quiero desahogar“.
Él, la condujo
Hacia un salón lujoso
Donde en un gran sillón
Una dama se sentaba
Que a su encuentro
Se dirigió:
“¡Querida! ¡Qué alegría!.
No te esperaba
Y ya pensaba
Que la tarde pasaría
Tediosa y alicaída.
¡Esta zona es tan provinciana
Que nunca pasa nada!.
Blancanieves suspiró
Y en la mullida silla
Que le indicaba,
Se sentó.
“¡Estoy harta de mi marido!.
Si atrás volviera
Me quedaría
En mi ataúd de cristal
Sin rechistar.”
“Sí, es lo que tiene
El casarse con el primero
Que aparece,
Sin recapacitar.
Porque, mona,
Lo aceptaste
Sin más”.
“Es que estaba tan aturdida
Y tú me habías dado la manzana
Que mis hormonas estaban
Todas deslabazadas”.
“Bueno, sí, es verdad.
No te lo puse fácil.
Sabes lo celosa que estaba
Pero era todo por la menopausia.
Ahora todo ha cambiado.
¿Te apetece un helado?”.
“Gracias. Tomaré un poco”.
¿Y como te va el negocio?”.
“No puede ir mejor.
¡Quién imaginaría
Que cuando me despeñé
No sólo no me maté,
Quedándome en un árbol colgada,
Sino que una mina de oro y diamantes
En aquel mismo sitio hallé!.
Eso fue mi fortuna
Y mi forma de vida.
No necesito coronas
Ya que ahora
Me siento más poderosa,
Pues la banca
De todas ellas, soy”.
“¡Qué suerte tienes!.
¡Y sobre todo
Porque no tienes que aguantar
A un príncipe ideal!.
Mi marido se levanta,
Se mira en el espejo
Y observa sus cabellos
A ver si canas le han salido.
Luego se va a cazar
Sin apenas reparar
Si me tiene delante,
¿no es sulfurante?.
Todo el día con el arco,
El caballo y toda su banda
De pelotas sin agallas.
Sólo le importa comer,
Beber y otra cosa,
Que no quiero mencionar,
Pero que puedes adivinar.
Esa “cosa” se llama Coral.
La pasea por mi casa
Diciendo que es su invitada
Aunque todos en palacio
No la consideran tal
Sino que la llaman,
A escondidas,
Algo que no puedo
Por decoro comentar.
No se dedica a sus deberes;
El pueblo reclama
Y cuando quiero
Encargarme del reino,
Él va y dice:
“Tú no, que eres mujer”.
Para más fastidio
Su madre ha venido
Y de aquí no la puedo desalojar.
Es una viuda germana,
Mandona y del puño prieto,
Que en todo quiere dominar.
Su hijo le dice sí a todo,
Y yo, con todo esto,
Creo que voy a explotar.
Todo mi reino
Está en manos extrañas,
Manos incapaces,
Que, aunque no lo creas,
A tí buena te hacen,
Porque es justo reconocer,
Que a pesar de nuestros roces,
Tú gestionando, ¡eras la leche!.
¡Y todo esto
Por un maldito beso
Y una cara bonita!,
Y que quieres que te diga,
Añoro mis días de huida.
En el bosque,
Con los enanos,
Mi vida era más divertida.
¡Si hasta este infiel e idiota
Me obligó a dejar de verlos
Porque no eran de nuestro abolengo.
¡Ay, qué furiosa estoy!.
¡Si tuviera aquella manzana
Por la garganta
Se la metiera
Hasta que se atragantara!”.
La madrastra soltó una carcajada.
Se dirigió a Blanca
Y sus manos apretó:
“¡Querida, yo tengo la solución!.
¿Hasta dónde quieres atajar el problema?.
¿Dentro del paquete metes
A suegra, marido infiel
Y amante pizpireta?”.
“¡Sí, pardiez!”.
“Entonces, toma este frasco
Y echa unas gotas
En la cena de tu suegra.
Todos pensarán
Que su glotonería
Le ha llevado a una gran indigestión
Y que harta y satisfecha
Se habrá ido al otro mundo
Por haberse dado
Un monumental atracón.
En cuanto a tu esposo,
Échale estas hierbas
Todos los días
De aderezo en su comida.
Poco a poco languidecerá
Hasta su inevitable final;
Y no te preocupes,
Que nadie sospechará,
Pues lo achacarán
A lo afectado que estaba
Por la muerte de su madre.
¡Ah, y en cuanto a tu rival, Coral…!
En este tarrito hay una crema
Que le dirás que hace
Maravillas con tu cara,
De ahí la calidad de tu cutis.
Ella la querrá probar
Y cuando se la aplique,
Las avispas hacia ella
Como a un imán acudirán.
Todos pensarán que ha sido
Un desgraciado accidente
Y por fin, tu vida recuperar”.
“¡ Oh, cuánto te lo agradezco!
¡Podré volver a ver
A mis enanos del alma,
Pues no sabes
Cuánto les echo de menos!”.
“No es nada, Blanca;
Siempre es bueno recordar
Estos mis viejos talentos,
Y si además, te pueden ayudar…
Bueno, ya me dirás
Como te ha ido.
Estoy ansiosa
De ver como acaba todo”.
Y con un beso
Las dos se despidieron
Esperando que su plan
Tuviera un definitivo éxito.
Anublada y algo tristona
A su cochero llamó.
La carroza precisaba
Pues desde hacía
Bastantes meses,
Cuando su marido no estaba,
Salía hacia un destino
Que en palacio no era conocido.
Y no te creas
Que tenía una aventura
Que la cosa
Era tan increíble
Que se pensaría un chiste.
Después de viajar
Hacia el sur,
Por oscuros recovecos,
Llegó a un castillo
Que imponente se recortaba
Contra el cielo infinito.
Llamó a su puerta
A la vez que a su
Cochero decía:
“Vete al pueblo más cercano
Y allí en la taberna
Pásate un rato
Y dentro de dos horas
Regresas.
Y no te olvides,
Que de esto no hablarás
O sin tu lengua
Te quedarás”.
El cochero asintió
Y la carroza partió.
En ese momento, alguien,
Con ceremonia abrió:
“¿Qué deseáis, señora?”.
“Hablar con la dueña de la casa.
Pero, ¿a qué preguntar?.
Sabes muy bien
Que de visita vengo,
Como lo he estado haciendo
Durante todos estos meses.
Así que, anúnciame,
Que no puedo esperar
Que me quiero desahogar“.
Él, la condujo
Hacia un salón lujoso
Donde en un gran sillón
Una dama se sentaba
Que a su encuentro
Se dirigió:
“¡Querida! ¡Qué alegría!.
No te esperaba
Y ya pensaba
Que la tarde pasaría
Tediosa y alicaída.
¡Esta zona es tan provinciana
Que nunca pasa nada!.
Blancanieves suspiró
Y en la mullida silla
Que le indicaba,
Se sentó.
“¡Estoy harta de mi marido!.
Si atrás volviera
Me quedaría
En mi ataúd de cristal
Sin rechistar.”
“Sí, es lo que tiene
El casarse con el primero
Que aparece,
Sin recapacitar.
Porque, mona,
Lo aceptaste
Sin más”.
“Es que estaba tan aturdida
Y tú me habías dado la manzana
Que mis hormonas estaban
Todas deslabazadas”.
“Bueno, sí, es verdad.
No te lo puse fácil.
Sabes lo celosa que estaba
Pero era todo por la menopausia.
Ahora todo ha cambiado.
¿Te apetece un helado?”.
“Gracias. Tomaré un poco”.
¿Y como te va el negocio?”.
“No puede ir mejor.
¡Quién imaginaría
Que cuando me despeñé
No sólo no me maté,
Quedándome en un árbol colgada,
Sino que una mina de oro y diamantes
En aquel mismo sitio hallé!.
Eso fue mi fortuna
Y mi forma de vida.
No necesito coronas
Ya que ahora
Me siento más poderosa,
Pues la banca
De todas ellas, soy”.
“¡Qué suerte tienes!.
¡Y sobre todo
Porque no tienes que aguantar
A un príncipe ideal!.
Mi marido se levanta,
Se mira en el espejo
Y observa sus cabellos
A ver si canas le han salido.
Luego se va a cazar
Sin apenas reparar
Si me tiene delante,
¿no es sulfurante?.
Todo el día con el arco,
El caballo y toda su banda
De pelotas sin agallas.
Sólo le importa comer,
Beber y otra cosa,
Que no quiero mencionar,
Pero que puedes adivinar.
Esa “cosa” se llama Coral.
La pasea por mi casa
Diciendo que es su invitada
Aunque todos en palacio
No la consideran tal
Sino que la llaman,
A escondidas,
Algo que no puedo
Por decoro comentar.
No se dedica a sus deberes;
El pueblo reclama
Y cuando quiero
Encargarme del reino,
Él va y dice:
“Tú no, que eres mujer”.
Para más fastidio
Su madre ha venido
Y de aquí no la puedo desalojar.
Es una viuda germana,
Mandona y del puño prieto,
Que en todo quiere dominar.
Su hijo le dice sí a todo,
Y yo, con todo esto,
Creo que voy a explotar.
Todo mi reino
Está en manos extrañas,
Manos incapaces,
Que, aunque no lo creas,
A tí buena te hacen,
Porque es justo reconocer,
Que a pesar de nuestros roces,
Tú gestionando, ¡eras la leche!.
¡Y todo esto
Por un maldito beso
Y una cara bonita!,
Y que quieres que te diga,
Añoro mis días de huida.
En el bosque,
Con los enanos,
Mi vida era más divertida.
¡Si hasta este infiel e idiota
Me obligó a dejar de verlos
Porque no eran de nuestro abolengo.
¡Ay, qué furiosa estoy!.
¡Si tuviera aquella manzana
Por la garganta
Se la metiera
Hasta que se atragantara!”.
La madrastra soltó una carcajada.
Se dirigió a Blanca
Y sus manos apretó:
“¡Querida, yo tengo la solución!.
¿Hasta dónde quieres atajar el problema?.
¿Dentro del paquete metes
A suegra, marido infiel
Y amante pizpireta?”.
“¡Sí, pardiez!”.
“Entonces, toma este frasco
Y echa unas gotas
En la cena de tu suegra.
Todos pensarán
Que su glotonería
Le ha llevado a una gran indigestión
Y que harta y satisfecha
Se habrá ido al otro mundo
Por haberse dado
Un monumental atracón.
En cuanto a tu esposo,
Échale estas hierbas
Todos los días
De aderezo en su comida.
Poco a poco languidecerá
Hasta su inevitable final;
Y no te preocupes,
Que nadie sospechará,
Pues lo achacarán
A lo afectado que estaba
Por la muerte de su madre.
¡Ah, y en cuanto a tu rival, Coral…!
En este tarrito hay una crema
Que le dirás que hace
Maravillas con tu cara,
De ahí la calidad de tu cutis.
Ella la querrá probar
Y cuando se la aplique,
Las avispas hacia ella
Como a un imán acudirán.
Todos pensarán que ha sido
Un desgraciado accidente
Y por fin, tu vida recuperar”.
“¡ Oh, cuánto te lo agradezco!
¡Podré volver a ver
A mis enanos del alma,
Pues no sabes
Cuánto les echo de menos!”.
“No es nada, Blanca;
Siempre es bueno recordar
Estos mis viejos talentos,
Y si además, te pueden ayudar…
Bueno, ya me dirás
Como te ha ido.
Estoy ansiosa
De ver como acaba todo”.
Y con un beso
Las dos se despidieron
Esperando que su plan
Tuviera un definitivo éxito.