Ricardo López Castro
*Deuteronómico*
El infinito ignífugo e incívico
se cercaba en aquella noche desafectada
donde tus últimas caricias
fueron caricaturas
de mi yo en el espejo -el futuro esperaba-.
Como la rama que se mece y se eriza en el viento,
soterré mis delirios.
Los arrojé al vacío que era el confín del círculo didáctico, sin moraleja.
El cosmos reducido a tus cenizas.
Me soñaste.
Pero ya no eras fuego.
Te había amado.
Pero ya no era hielo.
La tormenta perfecta se agotó, al poco de llenar el verso más elíptico.
Luego me hice poeta, filósofo y un cegador abanico de posibilidades.
Repito, si mis ojos hablaran serían tu laberinto.
Tú me hiciste encriptar mis poemas.
Congregar a las manos de pintura de todos mis tabiques.
Recorrer el pasillo con un rastro estrellado.
Mientras -siempre mientras-
a Dios le llovían hostias consagradas.
Ese Dios que fui y tuve que rechazar.
Te digo, ten cuidado con
este devorador de pecados.
“He propagado el bulo de Dios sólo para alcanzar la calma del visionario.”
se cercaba en aquella noche desafectada
donde tus últimas caricias
fueron caricaturas
de mi yo en el espejo -el futuro esperaba-.
Como la rama que se mece y se eriza en el viento,
soterré mis delirios.
Los arrojé al vacío que era el confín del círculo didáctico, sin moraleja.
El cosmos reducido a tus cenizas.
Me soñaste.
Pero ya no eras fuego.
Te había amado.
Pero ya no era hielo.
La tormenta perfecta se agotó, al poco de llenar el verso más elíptico.
Luego me hice poeta, filósofo y un cegador abanico de posibilidades.
Repito, si mis ojos hablaran serían tu laberinto.
Tú me hiciste encriptar mis poemas.
Congregar a las manos de pintura de todos mis tabiques.
Recorrer el pasillo con un rastro estrellado.
Mientras -siempre mientras-
a Dios le llovían hostias consagradas.
Ese Dios que fui y tuve que rechazar.
Te digo, ten cuidado con
este devorador de pecados.
“He propagado el bulo de Dios sólo para alcanzar la calma del visionario.”