danie
solo un pensamiento...
Entre sesgados matorrales se oyen los rebuznos
y sobre las laderas se irguen sus orejas empinadas,
tocan los techos del cielo, donde las mentes doctas
se ahogan en un mar de recios y rústicos léxicos olvidados.
Trinan las campañillas de los becerros en el corral.
No es tiempo de ir al colegio,
y solo una onerosa tolvanera cubre los libros,
mientras el sudor odorífero de la faena los manda:
“vayan a laburar”.
¿Niños, para qué quieren estudiar?
Las manos del labrado los forjarán sanos y derechos
y los textos prosistas jamás les traerán el pan…
Leer en este mundo es legítimamente trivial.
Las vocales pronto se aíslan
en un triste velo de soledad,
las quimeras dramaturgas son vagos reflejos
en las ciénagas de la abatida memoria,
y sepultadas han de descansar.
Las sumas, las restas,
la aritmética y la geometría,
en esta fría chiripa, de nada les servirán.
Sus futuros, aquí están:
en el labrantío de los dorsos mojados,
en la huerta de los borricos
que no conocen la quijotesca alba y su claridad,
en el légamo y su mercado de aridez cerebral;
con las alforjas de avena y trigo,
con el canto del gallo frente a la diana
y su enervado despertar .
Con los tamberos y la leche derramada
en las acequias, sobre sus años de pubertad.
¡Niños, ya no marchen,
no hay ningún sentido en ese ajado educar!
No hay un expectante fisgón
para los letrados de un pasado
y sus diéresis inútiles de borroneadas tildes,
de hiatos escandalizados,
de verbos jamás hablados,
de la gramática y la sintaxis malversada
sobre el lomo de los asnos que arrean el zarzal.
Para qué quieren conocer
la historia del ayer deportada,
los axiomas filosóficos
de vetustas vetas aplastadas,
la geografía de sus tierras,
sin ningún puchero que los ha de alimentar;
infrugíferos hechos de maestras que ostentan de moral.
Niños, olvídense de las facultades
de cultivar las letras o trillar la ortografía
en los campos de los asnos,
glebas carentes de absoluta verdad.
y sobre las laderas se irguen sus orejas empinadas,
tocan los techos del cielo, donde las mentes doctas
se ahogan en un mar de recios y rústicos léxicos olvidados.
Trinan las campañillas de los becerros en el corral.
No es tiempo de ir al colegio,
y solo una onerosa tolvanera cubre los libros,
mientras el sudor odorífero de la faena los manda:
“vayan a laburar”.
¿Niños, para qué quieren estudiar?
Las manos del labrado los forjarán sanos y derechos
y los textos prosistas jamás les traerán el pan…
Leer en este mundo es legítimamente trivial.
Las vocales pronto se aíslan
en un triste velo de soledad,
las quimeras dramaturgas son vagos reflejos
en las ciénagas de la abatida memoria,
y sepultadas han de descansar.
Las sumas, las restas,
la aritmética y la geometría,
en esta fría chiripa, de nada les servirán.
Sus futuros, aquí están:
en el labrantío de los dorsos mojados,
en la huerta de los borricos
que no conocen la quijotesca alba y su claridad,
en el légamo y su mercado de aridez cerebral;
con las alforjas de avena y trigo,
con el canto del gallo frente a la diana
y su enervado despertar .
Con los tamberos y la leche derramada
en las acequias, sobre sus años de pubertad.
¡Niños, ya no marchen,
no hay ningún sentido en ese ajado educar!
No hay un expectante fisgón
para los letrados de un pasado
y sus diéresis inútiles de borroneadas tildes,
de hiatos escandalizados,
de verbos jamás hablados,
de la gramática y la sintaxis malversada
sobre el lomo de los asnos que arrean el zarzal.
Para qué quieren conocer
la historia del ayer deportada,
los axiomas filosóficos
de vetustas vetas aplastadas,
la geografía de sus tierras,
sin ningún puchero que los ha de alimentar;
infrugíferos hechos de maestras que ostentan de moral.
Niños, olvídense de las facultades
de cultivar las letras o trillar la ortografía
en los campos de los asnos,
glebas carentes de absoluta verdad.
Última edición: