Abraham Ferreira Khalil
Poeta recién llegado
Desatadas fatigas vivifican
el reposo del bosque. Desatados
remordimientos hierven en mis sienes
al calor de un indicio.
Nuevamente este bosque se conjura
y atroces maldiciones lo corrompen
con su savia brutal, que a la memoria
como un arrullo acude.
¡Oh, ingrata adolescencia de los sauces
que despojas con ondas de tu arroyo
al bosque de su pompa, a mí del goce!
¿Vendrás a destruirnos?
¡Vendrás a destruirnos!¡Sí! En mi pálpito
habita una conjura vengadora,
un pánico entre lágrimas fundido,
un juicio restaurado.
Vendrás a destruirnos junto al bosque,
símbolo exacto de un autor eterno,
súplica y rastro siempre fugitivos.
¿Vendrás a destruirme?
Abajo echaste mi sosiego. Abajo
mi júbilo encendido; mi tristeza,
que incluso en tu ramaje reposaba,
también la has derribado.
Y ahora un faro se alza sobre el bosque,
una cripta de hojas misteriosas.
¿Acaso he de acudir a su reclamo
para que me confundas?
Ahora un faro se alza a medianoche,
cual centinela, sobre cada fronda,
aterrando mi fe y estremeciendo
mi arbóreo presagio.
¡Oh, ingrata adolescencia de los sauces!
¿Vendrás a destruirnos junto al bosque,
símbolo exacto de un autor eterno?
No intentes recordarme…
No intentes recordarme, horrible bosque,
nocturno faro, arbórea tiniebla.
Habito en tan corrupta sepultura
que hasta a mí mismo ignoro.
© Abraham Ferreira Khalil
el reposo del bosque. Desatados
remordimientos hierven en mis sienes
al calor de un indicio.
Nuevamente este bosque se conjura
y atroces maldiciones lo corrompen
con su savia brutal, que a la memoria
como un arrullo acude.
¡Oh, ingrata adolescencia de los sauces
que despojas con ondas de tu arroyo
al bosque de su pompa, a mí del goce!
¿Vendrás a destruirnos?
¡Vendrás a destruirnos!¡Sí! En mi pálpito
habita una conjura vengadora,
un pánico entre lágrimas fundido,
un juicio restaurado.
Vendrás a destruirnos junto al bosque,
símbolo exacto de un autor eterno,
súplica y rastro siempre fugitivos.
¿Vendrás a destruirme?
Abajo echaste mi sosiego. Abajo
mi júbilo encendido; mi tristeza,
que incluso en tu ramaje reposaba,
también la has derribado.
Y ahora un faro se alza sobre el bosque,
una cripta de hojas misteriosas.
¿Acaso he de acudir a su reclamo
para que me confundas?
Ahora un faro se alza a medianoche,
cual centinela, sobre cada fronda,
aterrando mi fe y estremeciendo
mi arbóreo presagio.
¡Oh, ingrata adolescencia de los sauces!
¿Vendrás a destruirnos junto al bosque,
símbolo exacto de un autor eterno?
No intentes recordarme…
No intentes recordarme, horrible bosque,
nocturno faro, arbórea tiniebla.
Habito en tan corrupta sepultura
que hasta a mí mismo ignoro.
© Abraham Ferreira Khalil
Última edición: