Javier Palanca
Poeta fiel al portal
Cuando ya el frío arreciaba
nos refugiamos entre sabanas
del lino macerado por los años.
Espolvoreamos de pimienta
y de estrepitosa cayena
cada pliegue y cada arruga.
La piel llamaba a piel enrojecida
y las papilas de las lenguas
se abrasaban como locas descarriadas.
Ardía el aire mientras todo ardía
y las brasas eran fuegos y sudores
entre ingles vaporosas y mellizas.
Mis ojos, tal como lo recuerdo,
estando ciegos, lo veían todo,
el placer más endiablado
precediendo aquel adiós cercano.
nos refugiamos entre sabanas
del lino macerado por los años.
Espolvoreamos de pimienta
y de estrepitosa cayena
cada pliegue y cada arruga.
La piel llamaba a piel enrojecida
y las papilas de las lenguas
se abrasaban como locas descarriadas.
Ardía el aire mientras todo ardía
y las brasas eran fuegos y sudores
entre ingles vaporosas y mellizas.
Mis ojos, tal como lo recuerdo,
estando ciegos, lo veían todo,
el placer más endiablado
precediendo aquel adiós cercano.