“La rosa trae sus espinas así como el sol no deja de alumbrarla” reflexionaba Pablo. Tal vez no era el hombre perfecto y no se había enamorado hasta ahora. Quizás temía mucho a las espinas del amor o a las espinas de su futura pareja. ¿Quién lo sabría? Pero él era honesto consigo mismo. Se sentía querido por sí mismo, y eso era su encanto especial. En su fuero interno sabía que no necesitaba pareja alguna. Con su amor propio se bastaba. Sus amigos lo consideraban como raro. Sin embargo, era una rareza especial. Tenía un alma pura y de corazón noble. Como se dice, brillaba con luz propia. Brillaba cuando estaban junto a él. Su magnetismo los atrapaba, especialmente a las mujeres. Pero al final, optaba por quedarse solo, como una estrella del Universo: brillando solo y distante.