Víctor Ugaz Bermejo
refugio felino
Regreso al muelle en los ocasos
para entre las gaviotas caminar,
con descalzos pasos
en el transcurrir de un tiempo sin arenar.
Si visito el faro del puerto donde vivo
no solo es para mirar la bahía más lejana;
si no además, para ver la mirada de olivo
de la mujer, quien hace de guardiana.
Hay tardes que trenza su cabellera,
otras veces lleva los cabellos sueltos
la observo bajando la escalera,
con sus pies menudos y esbeltos.
Niña porteña de piel canela
propia de aquellos lugares,
dorada por la brisa centinela
adornada de tiernos lunares.
Por un bucle de sus cabellos,
daría mis intentos para tenerlo en mi relicario
o por el lazo que lleva entre ellos.
Por eso vuelvo al faro a diario.
Canta en las noches de luna
que adormece al mar en la bruma;
desde el acantilado la veo con fortuna
con estelas, como pentagramas de espuma.
Tras la oración que eleva ella
hay un sin respuesta: hasta mañana
volverá a lucir la playa bella,
en cuanto aparezca mi Aldana.