Caminé la tarde perfumada de nostalgia,
delineé cada baldosa con andar pausado,
buscando la huella de tus pasos
en veredas que nunca has pisado.
Besé cada farola apagada, sin alma,
frías, como mis labios sin los tuyos
en este nuevo invierno que se aleja
sin pena ni gloria, mudo y solitario.
Se oyó triste el murmullo de los pájaros
recibiendo las primeras notas del ocaso
y el límpido cielo, sin señales de humo,
me dejó ver que allí tampoco estabas.
Se acurrucó la tarde en el dolor de mi pecho
y durmió en mi sueño de alondra enjaulada;
la abracé muy fuerte, con todas las ansias
y susurré tu nombre mientras la arrullaba.
Caminé la noche ya sin buscarte,
volví a nombrarte, mi alma temblaba.
Allí estabas...
en el temblor de amarte que siempre me acompaña.