prisionero inocente
Poeta que considera el portal su segunda casa
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Allí están los caballos (para no sufrir solos)
con su negrura avispada de alabastro vivo,
diseñados para el descanso y la libertad.
Palidecen de estrellas, manchados de Monalisas,
imperdonablemente etéreos, superficies de espesuras
semitransparentes,
mirándonos como si todo el universo tornara un ojo
para descontar de nosotros la avidez,
hipnóticos como droga que sucede de la hierba,
catres que reciben un solo alma...
Allí están, en tus ojos llorando sobre los pesebres
de un arco iris que nace de una herida de Dios,
oh, caballos, la puta evolución hace doler, es un abandono siniestro,
las calles padecen de huellas y por el aire el aluminio celebra
los transportes cárnicos, los teléfonos son
celdas de los te quiero
y sin embargo allí están ellos, en tus ojos llorando
siempre cuando mires por una ventana
que se abre hacia los campos sin otoño de tu ser.
No reconocen el nombre de las cosas, el perplejo grito de vida de las piedras,
ni siquiera saben que la sombra de un pájaro es interminable,
pero allí están, como copos de nieve cuando la tierra
ajusta la temperatura de sus manos para que no se derritan.
Como trazos de una inexistencia que impone amaneceres de olvido,
caballos de lágrimas que galopan por el rostro.
Allí están los caballos (para no sufrir solos)
con su negrura avispada de alabastro vivo,
diseñados para el descanso y la libertad.
Palidecen de estrellas, manchados de Monalisas,
imperdonablemente etéreos, superficies de espesuras
semitransparentes,
mirándonos como si todo el universo tornara un ojo
para descontar de nosotros la avidez,
hipnóticos como droga que sucede de la hierba,
catres que reciben un solo alma...
Allí están, en tus ojos llorando sobre los pesebres
de un arco iris que nace de una herida de Dios,
oh, caballos, la puta evolución hace doler, es un abandono siniestro,
las calles padecen de huellas y por el aire el aluminio celebra
los transportes cárnicos, los teléfonos son
celdas de los te quiero
y sin embargo allí están ellos, en tus ojos llorando
siempre cuando mires por una ventana
que se abre hacia los campos sin otoño de tu ser.
No reconocen el nombre de las cosas, el perplejo grito de vida de las piedras,
ni siquiera saben que la sombra de un pájaro es interminable,
pero allí están, como copos de nieve cuando la tierra
ajusta la temperatura de sus manos para que no se derritan.
Como trazos de una inexistencia que impone amaneceres de olvido,
caballos de lágrimas que galopan por el rostro.
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