Kazor
Poeta adicto al portal
El amor nace en las manos y
su envoltorio se crea en los ojos.
Eso es lo que ella me dijo
en aquella noche de verano
donde los dos, bajo un cielo estrellado,
observábamos el suelo.
No escuche nada más,
aunque sé qué ella siguió hablando durante horas,
yo tan solo miraba atentamente a tres hormigas
que con esfuerzo intentaban llevarse un trozo de pan.
¡Qué valientes y estúpidas!-pensé.
No se dan cuenta de que eso es demasiado,
sus pobres manitas no podrán levantarlo todo,
morirán de cansancio.
Mientras ella, a mi lado, seguía hablando,
yo, observando el suelo,
me debatía moralmente conmigo mismo,
mis pies querían aplastar a las hormigas
para terminar con su sufrimiento.
Mientras mi corazón les transmitía ánimos.
Ganaron mis pies, no hubo esquela para las pobres hormigas.
Pero tras esa vil acción, me di cuenta de una cosa,
y fue la primera vez que pude levantar mi pesada cabeza
para mirarla a los ojos.
Y delante de su eterna belleza
le dije con cierto miedo y cierta euforia
que tenía razón.
El amor nace en las manos y
su envoltorio se crea en los ojos.
Y se destroza con los pies.
Así que será mejor que nos quedemos sentados,
cada paso hará que nos queramos menos.
Me sonrío, y volvimos a mirar al suelo,
teníamos miedo, sabíamos que algún día tendríamos que caminar,
y cada paso haría que nos amasemos menos.
su envoltorio se crea en los ojos.
Eso es lo que ella me dijo
en aquella noche de verano
donde los dos, bajo un cielo estrellado,
observábamos el suelo.
No escuche nada más,
aunque sé qué ella siguió hablando durante horas,
yo tan solo miraba atentamente a tres hormigas
que con esfuerzo intentaban llevarse un trozo de pan.
¡Qué valientes y estúpidas!-pensé.
No se dan cuenta de que eso es demasiado,
sus pobres manitas no podrán levantarlo todo,
morirán de cansancio.
Mientras ella, a mi lado, seguía hablando,
yo, observando el suelo,
me debatía moralmente conmigo mismo,
mis pies querían aplastar a las hormigas
para terminar con su sufrimiento.
Mientras mi corazón les transmitía ánimos.
Ganaron mis pies, no hubo esquela para las pobres hormigas.
Pero tras esa vil acción, me di cuenta de una cosa,
y fue la primera vez que pude levantar mi pesada cabeza
para mirarla a los ojos.
Y delante de su eterna belleza
le dije con cierto miedo y cierta euforia
que tenía razón.
El amor nace en las manos y
su envoltorio se crea en los ojos.
Y se destroza con los pies.
Así que será mejor que nos quedemos sentados,
cada paso hará que nos queramos menos.
Me sonrío, y volvimos a mirar al suelo,
teníamos miedo, sabíamos que algún día tendríamos que caminar,
y cada paso haría que nos amasemos menos.