Cada pelo que cae
surge un silencio.
Inpertinente calva
amenazante
tras las orejas.
Los pelos crecen
en los oidos
y en las espaldas
mustias de celos.
¡Qué horror;
cuanta penitencia!
Hoy no me siento poeta,
la cruda evidencia
de juventud me aleja.
No puedo amar
ni puedo quererme,
me pierdo estéril
en la penumbra
de las iglesias:
Camino de la esperanza,
diáfana belleza,
desmayando la líbido
entre hojas secas.
Y la mujer me mira
como la virgen,
como hace la madre
cuando suspira.
Sin el fuego quemante
sin mirada lasciva,
ni fulgor en su frente:
Que en el morir no falte
ese vacío que fragua
siniestra muerte:
Condescendencia.
¡Qué dolor,
cuanta penitencia!
Resurjo entonces con fuerza,
solo puedo ya mirar al norte
de mi conciencia.
En el fondo de mis miserias
nace un maestro
de vida eterna.
Renazco así de mis flaquezas,
entonces surge la luz
entre mis sueños.
vuelvo a encontrarme,
vuelvo a quererte
con los huesos
de mi esqueleto.
A creer que es cierto:
¡Que siento que brillan
tus ojos negros!
surge un silencio.
Inpertinente calva
amenazante
tras las orejas.
Los pelos crecen
en los oidos
y en las espaldas
mustias de celos.
¡Qué horror;
cuanta penitencia!
Hoy no me siento poeta,
la cruda evidencia
de juventud me aleja.
No puedo amar
ni puedo quererme,
me pierdo estéril
en la penumbra
de las iglesias:
Camino de la esperanza,
diáfana belleza,
desmayando la líbido
entre hojas secas.
Y la mujer me mira
como la virgen,
como hace la madre
cuando suspira.
Sin el fuego quemante
sin mirada lasciva,
ni fulgor en su frente:
Que en el morir no falte
ese vacío que fragua
siniestra muerte:
Condescendencia.
¡Qué dolor,
cuanta penitencia!
Resurjo entonces con fuerza,
solo puedo ya mirar al norte
de mi conciencia.
En el fondo de mis miserias
nace un maestro
de vida eterna.
Renazco así de mis flaquezas,
entonces surge la luz
entre mis sueños.
vuelvo a encontrarme,
vuelvo a quererte
con los huesos
de mi esqueleto.
A creer que es cierto:
¡Que siento que brillan
tus ojos negros!
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