Espacios
Hay encuentros que no suceden del todo.
Se quedan a medio camino,
como una palabra que duda
antes de tocar la boca.
Tú y yo fuimos eso:
una frase suspendida.
No nos faltó tiempo—
nos faltó destino.
Porque el tiempo estuvo,
lo vimos pasar entre los dedos,
lo tocamos incluso,
pero no supimos
o no quisimos
hacerlo nuestro.
Hay espacios que se interponen,
no como distancia,
sino como forma.
Un espacio entre tu nombre
y mi manera de decirlo.
Otro entre mi mano
y el gesto que nunca terminé.
Y ese otro—el más amplio—
entre lo que éramos
y lo que no alcanzamos a ser.
No es que no nos encontramos.
Nos encontramos demasiado temprano
o demasiado tarde.
O en un idioma
que ninguno de los dos dominaba.
Te recuerdo
como se recuerdan las cosas incompletas:
con precisión en los bordes
y vacío en el centro.
Había una lógica entre nosotros,
pero era una lógica quebrada,
como si cada acercamiento
trajera consigo
su propia retirada.
Y así,
nos fuimos construyendo en negativo.
Lo que no dijiste
es lo que más resuena.
Lo que no hice
es lo que más permanece.
Hay amores que no fracasan—
simplemente no llegan.
Se quedan en ese estado previo,
casi-forma,
casi-cuerpo,
casi-historia.
Nosotros fuimos eso:
un intento sin error,
pero también sin desenlace.
A veces pienso
que si hubiéramos coincidido
en otro espacio—
no físico,
sino interior—
todo habría sido distinto.
Pero no.
Coincidimos aquí,
en este margen,
en esta orilla donde las cosas
no terminan de suceder
ni de desaparecer.
Y ahí seguimos.
No juntos.
No separados del todo.
Habitando ese lugar extraño
donde los encuentros inconclusos
no duelen como pérdida,
sino como posibilidad
que insiste.
Un espacio.
Solo eso.
Pero lleno de nosotros.