Isaías Súvel
Me gusta más el seudónimo ARREBATADO DE TERNURA.-
CALIDAD DE VIDA.
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La palabra felicidad,
era el motor allí,
en ese tiempo.
Era la verdad.
Era el hálito, la fuerza,
la sinuosa sincronía;
donde mi pecho subía y bajaba en un abismo
celeste,
carmesí
Y era también,
a lo menos preocupante perder eso;
de que como cleptomática sangría,
la prolongación del tiempo,
de los momentos,
y la monotonía,
o algo inesperado,
o todas las cosas,
degradasen asa vida,
nuestra heredad,
nuestro hogar
… sus numerosas gemas
su cuantía.
Y que en esa calidad,
que es el aderezo del cariño,
su prestancia,
su don;
las horas perversas del dolor,
las no gratas,
las no invitadas;
lesionasen en nosotros la confianza,
la paciencia,
y el amor.
La comprensión,
la mutua tolerancia;
y mi apego a tu persona,
el caro ser de mi alma:
... mi alma,
estación donde el rencor malvado
no se estaciona, no conoce territorio
ni tiene bandera;
y solo muere y se seca
lentamente
a la vera del recuerdo del aroma
de tu ser,
tú, mi complemento,
objeto de mi devoción,
de mi orgullo,
de mi entrega,
de mi efectiva
realización.
El ideario de mis proyectos,
mi libertad,
de mi hálito desenfadado
y circunspecto;
¡ mi verdadera libertad ¡.
Y esa calidad de vida,
se volvió nada,
por culpa de una polilla,
de una paloma de la luz.
Y mi vida,
se volvió peor
de cuando no te conocía.
Se volvió una cruz.
Peor,
que cuando no sabía,
ni podía,
sonreír como lo hice,
cuando estaba a tu lado;
ni se me impregnaba el pecho,
de un aire tan puro,
tan transparente,
tan diáfano;
como ese que respiraba,
porque estabas conmigo.
Sin inquietud
sin cobardías,
sin daños.
Cuando los días,
las horas,
los segundos,
los años;
los llevaba en cuenta;
pero no tenía conciencia,
en realidad no me percataba,
exactamente no sabía,
la fecha en que estábamos.
Ni los tiempos,
de los sucesos importantes
del mundo,
de esos páramos.
Era calidad de vida,
hermosa;
con premeditación,
con unción
con evasión verdadera
de toda especie de dolor
con alevosa entrega
y ofrenda de la vida
de toda la vida
Era un estar,
entre el aire y la tierra;
donde las suelas de mis zapatos,
no se gastaban;
porque volaba,
porque soñaba
en ensoñación
porque vivía.
Pero ahora,
la calidad de mi andar,
es música de muertos,
de réquiem,
de homenaje póstumo,
de letanía.
De la quinta sinfonía,
de patíbulo,
de endecha.
Pues me espera otro mañana,
sin tu compañía;
con la soledad en mi cosecha
en la inmensa soledad
de las noches apagadas
y de los días lentos
sin ninguna novedad
sin esperar nada
sin sobrecogimientos
en mi inmensa soledad
sin ti.
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La palabra felicidad,
era el motor allí,
en ese tiempo.
Era la verdad.
Era el hálito, la fuerza,
la sinuosa sincronía;
donde mi pecho subía y bajaba en un abismo
celeste,
carmesí
Y era también,
a lo menos preocupante perder eso;
de que como cleptomática sangría,
la prolongación del tiempo,
de los momentos,
y la monotonía,
o algo inesperado,
o todas las cosas,
degradasen asa vida,
nuestra heredad,
nuestro hogar
… sus numerosas gemas
su cuantía.
Y que en esa calidad,
que es el aderezo del cariño,
su prestancia,
su don;
las horas perversas del dolor,
las no gratas,
las no invitadas;
lesionasen en nosotros la confianza,
la paciencia,
y el amor.
La comprensión,
la mutua tolerancia;
y mi apego a tu persona,
el caro ser de mi alma:
... mi alma,
estación donde el rencor malvado
no se estaciona, no conoce territorio
ni tiene bandera;
y solo muere y se seca
lentamente
a la vera del recuerdo del aroma
de tu ser,
tú, mi complemento,
objeto de mi devoción,
de mi orgullo,
de mi entrega,
de mi efectiva
realización.
El ideario de mis proyectos,
mi libertad,
de mi hálito desenfadado
y circunspecto;
¡ mi verdadera libertad ¡.
Y esa calidad de vida,
se volvió nada,
por culpa de una polilla,
de una paloma de la luz.
Y mi vida,
se volvió peor
de cuando no te conocía.
Se volvió una cruz.
Peor,
que cuando no sabía,
ni podía,
sonreír como lo hice,
cuando estaba a tu lado;
ni se me impregnaba el pecho,
de un aire tan puro,
tan transparente,
tan diáfano;
como ese que respiraba,
porque estabas conmigo.
Sin inquietud
sin cobardías,
sin daños.
Cuando los días,
las horas,
los segundos,
los años;
los llevaba en cuenta;
pero no tenía conciencia,
en realidad no me percataba,
exactamente no sabía,
la fecha en que estábamos.
Ni los tiempos,
de los sucesos importantes
del mundo,
de esos páramos.
Era calidad de vida,
hermosa;
con premeditación,
con unción
con evasión verdadera
de toda especie de dolor
con alevosa entrega
y ofrenda de la vida
de toda la vida
Era un estar,
entre el aire y la tierra;
donde las suelas de mis zapatos,
no se gastaban;
porque volaba,
porque soñaba
en ensoñación
porque vivía.
Pero ahora,
la calidad de mi andar,
es música de muertos,
de réquiem,
de homenaje póstumo,
de letanía.
De la quinta sinfonía,
de patíbulo,
de endecha.
Pues me espera otro mañana,
sin tu compañía;
con la soledad en mi cosecha
en la inmensa soledad
de las noches apagadas
y de los días lentos
sin ninguna novedad
sin esperar nada
sin sobrecogimientos
en mi inmensa soledad
sin ti.
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