Y en esta calle de eterna soledad me encuentro caminando bajo la lluvia, dejando que mi piel sienta cada gota que cae del cielo. Disimulando mi dolor con las lágrimas que brotan los ángeles desde las nubes grises del ayer. Las hojas otoñales ya mojadas en la acera me recuerdan que todo tiene su fin, lo frágil y lo fugaz de la vida, la mortalidad de este mundo. Cada paso me acerca más hacia el final de esta calle. La noche cae como el telón al concluir una obra. El cielo se empieza a iluminar con estrellas que acompañan a la luna en su salida. Parpadean como ojos vigilantes añorando ser parte de este mundo, cruzar la línea que separa la inmortalidad de la mortalidad. Me voy convirtiendo en una sombra que desaparece con la oscuridad. Farol por farol se encienden iluminando la ciudad. Con ello el ser humano cree que puede extender el día concedido por la naturaleza, sin embargo sigo viendo almas dormidas vagando por la ciudad. Las luces artificiales no pueden despertar lo que se niega a despertar, ni revivir lo que se niega a vivir.
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