Leonardo Velazcoaran
Poeta asiduo al portal
Uno es el caminante eterno.
El que espera, siempre espera,
el que busca,
busca,
busca,
aunque a veces no encuentre nada.
Como el que ve sin luz,
el que va sin cruz
el que vive sin Dios.
El que exorciza sus propios demonios.
Para el que encuentra poco y es siempre todo
Y se entrega y se da y no mide el tiempo
y se roba todo y se queda con nada.
Con nadie.
Puede uno ser rico
muy rico, por tener muchos recuerdos,
una colección de piedras en varios idiomas,
un álbum bajo la almohada con caras,
voces,
miradas,
bocas,
noches,
lágrimas,
olores, texturas.
Puede uno llevar cargando sobre los hombros las cosas encontradas,
sabores sobre los labios,
manos en las manos,
pechos en la piel,
noches en los almanaques,
calles bajo los pies.
No conoce uno los límites, ni las fronteras,
ni los permisos, ni los hubieras
ni las divisiones geográficas, ni los modales en la mesa,
ni en la cama, ni los canales satelitales, ni la publicidad política.
Atrae uno, en cambio
Las llanuras y los montes y las mesetas y las grutas corporales.
Los atrevimientos y los recuerdos,
Las distancias y el sabor salado virginal y el sabor dulce existencial.
Disfruta uno de cada momento, cada lugar, cada color, cada boca
Porque uno está condenado a morir todos los días, y a resucitar noche a noche.
Y se ve uno obligado a sembrar su semilla en tierra fértil
tal vez por temor a que lo puedan a uno olvidar.
Y va uno caminando y sintiendo las parcelas en los pies
y guardando un puño de tierra en los bolsillos
y buscando, buscando, esperando no encontrar.
Porque somos nómadas.
porque no tenemos raíces,
porque podemos irnos,
y siempre, a donde vayamos nos delataremos,
porque no nos podemos esconder.
Somos nómadas, sin un lugar definido
sin cielo ni infierno.
Sin arribas ni abajos.
Sin adentros ni afueras.
Sin frío y sin calor.
Sin Dios, sin diablo.
Amantes, amados.
Atados en vida a nuestra inmensa libertad.
El que espera, siempre espera,
el que busca,
busca,
busca,
aunque a veces no encuentre nada.
Como el que ve sin luz,
el que va sin cruz
el que vive sin Dios.
El que exorciza sus propios demonios.
Para el que encuentra poco y es siempre todo
Y se entrega y se da y no mide el tiempo
y se roba todo y se queda con nada.
Con nadie.
Puede uno ser rico
muy rico, por tener muchos recuerdos,
una colección de piedras en varios idiomas,
un álbum bajo la almohada con caras,
voces,
miradas,
bocas,
noches,
lágrimas,
olores, texturas.
Puede uno llevar cargando sobre los hombros las cosas encontradas,
sabores sobre los labios,
manos en las manos,
pechos en la piel,
noches en los almanaques,
calles bajo los pies.
No conoce uno los límites, ni las fronteras,
ni los permisos, ni los hubieras
ni las divisiones geográficas, ni los modales en la mesa,
ni en la cama, ni los canales satelitales, ni la publicidad política.
Atrae uno, en cambio
Las llanuras y los montes y las mesetas y las grutas corporales.
Los atrevimientos y los recuerdos,
Las distancias y el sabor salado virginal y el sabor dulce existencial.
Disfruta uno de cada momento, cada lugar, cada color, cada boca
Porque uno está condenado a morir todos los días, y a resucitar noche a noche.
Y se ve uno obligado a sembrar su semilla en tierra fértil
tal vez por temor a que lo puedan a uno olvidar.
Y va uno caminando y sintiendo las parcelas en los pies
y guardando un puño de tierra en los bolsillos
y buscando, buscando, esperando no encontrar.
Porque somos nómadas.
porque no tenemos raíces,
porque podemos irnos,
y siempre, a donde vayamos nos delataremos,
porque no nos podemos esconder.
Somos nómadas, sin un lugar definido
sin cielo ni infierno.
Sin arribas ni abajos.
Sin adentros ni afueras.
Sin frío y sin calor.
Sin Dios, sin diablo.
Amantes, amados.
Atados en vida a nuestra inmensa libertad.