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Camino a la Sibila. Capítulo II.

Solsticio de primavera

Poeta fiel al portal
Capítulo II.


Parte I


llegábanos por fin la hora, por la cual
tanto océano
tantas lides habíamos afrontado;
tantas muertes, ¡ay,
tantas abejas indolentes
descargando
desde sus certeras picas
la ponzoña
a nuestros flébiles corazones!,
y a pesar de esto,
nuestra historia recién daba comienzo,
desperezándose,
exasperada ante el chirrido
de las grandes hojas,
que coloreaban, tal lo clarines
de alba,
con sus férreas lenguas nuestro destino en aquella morada.

la Sibila avanzaba lentamente hacia nosotros,
bella ánfora
cobijando entre sus asas
ombligos de Venus, crasuláceas,
levemente suspendida
como por una barca de sopor,
cuando, una vez erguida
frente a nosotros,
descubiertos sus finos cabellos
de salvia
aromatizados por bálsamo de copaiba,
dejó caer desde la candidez de sus hombros
hasta la quebrada
de sus tobillos
la túnica que la guarecía mostrándonos,
¡ah, su santo pudor
ante nuestros ojos
arrastrándonos como un violento torrente
de agua, ubérrimo,
de miel, mieses y frutos!
como el coyote que aún no ha nacido
y sumergido
en el vientre de su madre ve
una fuerte luz
resplandecer contra la delgada piel
que lo mantiene,
sintiendo un doméstico calor
que no es otro que la potencia del sol,
nos prosternamos ante la sacerdotisa
que llamándome por mi nombre
y a Ámbar, el dárdano,
nos escoltó al interior de su morada
prohibiendo, bajo pena de muerte,
al resto de nuestros amigos el paso al santuario.

una vez adentro, sorprendímosnos ante
la constitución de aquella
vasta caverna; una alameda crecía
en su seno, otorgándole
a la joven vaticinadora
los elementos necesarios
para la realización de sus prodigios,
el cierzo corría ora ligero
ora quedo
entre los ominosos árboles
a pesar de la hermeticidad de la misma,
y una laguna,
de la circunferencia de la sapiencia de Academo,
en cuya superficie
flotaba una espesa niebla
o el aliento sulfuroso del Cancerbero,
posaba, como la tenue luz de
las mariposas,
en la región más oriental de la ermita.

ella (y pensar que aquella
palabra guardábala
otrora sólo para mi amor)
ignorándonos de cierta forma y
mirando fijamente
los álamos moverse por el cierzo,
introdújose dos caídas
hojas en los ojos,
y ciega, exudando un rúbeo
arroyuelo por sus córneas,
vibrando como una mantis
encandilada
por una omnisciente luz,
nos dirigió éstas palabras antes flaquear,
y perder el conocimiento:
- soy el recuerdo caído de
un triste dios, oh, es mi cuerpo
el último reducto
en el cual conviven, a pesar
de Tique,
el destino y el azar;
soy yo el vacuo cuerpo
que mantenido por tu amor,
Api, pastor del Peral,
y Ámbar,
peral del Pastor,
rehúso de la aleatoria flor del azahar,
y mantengo
la ultrajada esperanza
del eterno amor, el amor a la eternidad;
pues, ahora, escuchad…




Parte II

Desnuda la verde virgen yacía
a nuestros pies,
inconsciente,
emitiendo tenues luminiscencias
que desprendiéndose
de su cuerpo
iban a deshacerse en el éter dónde,
transportadas
por las auras que en aquellos tiempos
constantemente circulaban,
henchían nuestros pavorosos pechos
de esperanza
e inundaban la abstrusa caverna
con el cálido amparo
de la inexorabilidad.
ella, virgen y posesa, habíanos
otorgado su profecía,
sembrando en nuestras mentes
la dubitable semilla
que en el ártico entorno
se impulsa hacia el sol por salir.
de nuestro conocimiento era
el arma que,
oculta en los desvanes más remotos
del Tártaro,
esperaba a por nosotros,
arma inigualable en su poder,
cuya acicalada virtud penetraría fácilmente la loriga de la diosa, Tique.

del mismo modo que la datura, frágil
trompeta del sur de China,
incita con sus centellantes cánticos
el valor en los beatos ánimos,
o el fruto de la mandrágora,
en bosques sombríos,
a la vereda de ríos y curvilíneos arroyos,
arroba, ya en épocas de Plinio,
con sus niños
los corazones del ganado trashumante,
dando sosiego
a los atormentados pensamientos,
tranquilizándonos, luego de aquel trance,
nos encaminamos (tal las palabras
de la musa),
el revoltoso cárabe y yo,
a los lindes de la laguna,
umbral hacia Prosperina, y la tartárea abadía.

sobre su vaporosa superficie bogaban
numerosos ánades
de negro plumaje
y ojos coruscantes que, al vernos
llegar, inmersos en aquellas turbias aguas,
apresurando su nado
y emitiendo horrísonos sonidos,
escondiéronse en los juncales
que circundaban
aquel tétrico, natural, estanque.
veloces como el águila nos sumergimos
en su seno,
y nadando presurosamente,
tal presa de un frenesí báquico,
braceamos hacia el fondo de la laguna
sin notar que el aire
en nuestros pulmones escaseaba
cuando ¡oh, temblor
de los subsuelos!,
emergimos las atónitas cabezas desde un gran aljibe;
pues, para que decirlo, nos encontrábamos en el Tártaro.




Parte III

el pequeño habitáculo en el cual,
una vez salidos del aljibe,
apoyábamos nuestras plantas
contaba sólo con una puerta
que daba a un largo pasillo,
cuya inscripción advertía:
“ por mi se va a la colina doliente,
por mi se va a tu amor esplendente,
por mi, al desierto de Hécate,
por mi se va a la verdad del abismo,
en mi, habita tu destino.”
y sin entender mucho esto, caminamos, juntos, por el pasillo.

avanzábamos, entretanto, recordando
viejas empresas,
burlándonos de lo inscripto,
arrastrando nuestros cuerpos por la sombra
y nuestros pies, por el limo,
cuando un fétido olor comenzó a envolvernos
en una nube de sopor.
desorientados y azorados vimos como
las paredes, asombrosas,
ojos bellos de dalias y de aquella muchacha
que en una incierta noche
de verano nos abandonó,
empezaban a exudar;
ojos inquietos que todo lo miraban,
ojos que clavaban sus pupilas
en nuestro remilgado corazón
devorando nuestras fuerzas y haciéndonos flaquear.
no de otra manera la hermosa flor de la belladona
besa con sus filosos labios
los nuestros,
y cierra sus plúmbeas alas
horadando su torvo pico,
dejándonos inermes y carentes de acción,
sentimos en nuestros pechos,
recordada la pérdida,
un inmenso dolor.
dolor insostenible, dolor por habernos arrebatado el amor.

entonces Ámbar mirándome ternalmente,
exhausto, me habló:
“Api, ya por mucho tiempo
compartimos
el mismo cuerpo,
el cuerpo del acérrimo dolor;
Api, es hora que sacrifiques
la parte belicosa que,
aunque tanto te ayudó,
ahora te ata
anegándote en el limo,
y no te deja seguir;
sólo un alma pura podrá pasar por este pasillo de amor.”
“¡no, Ámbar, no me dejes, por favor!”- exclamé.
y arrodillado, empotradas sus extremidades en el légamo,
el joven cárabe,
clavándose su curvo sable partió,
caídos sus ambarinos bucles
sobre la sien,
a entrambos su pío corazón (¡no,
Ámbar, no, por favor!).

y así fue que, abrumado
en un mar de lágrimas,
por el espantoso pasillo,
por su sacrificio envalentonado,
ciego, me eché a correr,
hasta que,
exhalando mi último estertor,
llegado al final del mismo
una violenta luz me encegueció,
y desplomándome en el suelo, los sentidos extravié.



Parte IV



…despiértome y estoy desnudo,
despiértome y estoy sin vos,
despierto en este brutal mundo,
¿y donde estas, Amor?
despierto en el dominio onírico,
despierto, y mis manos son la gigantesca rueda de un pavo real.



recobraba el lejano sentido
tendido sobre la arena de un desierto,
y recordaba, como allá,
caminando entre los senderos del dominio onírico
todavía estabas, Epifanía,
muchacha del aurífero corazón
estrechándome entre tus brazos
y ligándome,
mediante suaves murmurios,
mi corazón a tu único corazón.
pero, pardiez, el camino seguía,
el camino debía seguir,
y saliendo del abstruso pozo
de la demencia,
enderecé mi envés,
y por el desierto de la abadesa a mis pasos acompañé.

el desierto se declaraba infinito,
¡sí, el temor del bajel ante la inmensa
inmensidad de la mar,
y también, la profunda alegría
de la innúmera posibilidad!
sin duda alguna, en esta parte del Ogro
mi mayor enemigo era la ansiedad.
¿sino, de que forma el ser finito,
en primera instancia,
podría hacerle frente a la inmortalidad
del amor
con una vida que no comprende,
pero que lo arrastra,
y reticente, no quiere dejarse llevar?

¡pero ea, esta es mi vida, mi posibilidad,
valiente no es aquel hombre
que miedo no siente,
valiente es aquel que, aún sintiéndolo,
endereza su envés
y hacia el infinito se dirige, hasta volverse a encontrar!

pero esto ya es presente, el sol reluce
en el cielo otra vez, volvamos al
lugar en donde la historia abandoné…
me encontraba sobre la espina dorsal
de un inhóspito desierto,
sobre el cual una luna incendiaria,
ojo solitario de Hécate,
carente de párpado y dador de una
ingrata culpabilidad,
acompañado de un cielo henchido
y tempestuoso,
lar de la sangre de los rendidos,
todo desde su alta óptica lo atisbaba,
y, para mi desgracia,
esa totalidad no era otra que mi persona al caminar.

andaba entonces navegando por las dunas de aquel deshabitado
recinto, señero y cansado,
como el andrajoso mendigo
que aún sin pábulo ni casa
engaña su deseo inmediato
con el imperecedero deseo de la libertad,
o como el asceta,
que privado de todo goce material
eleva su cayado a la bóveda
de los dioses
y rebalsando el cántaro de su alma
contempla una sociedad
en la simonía y por el latrocinio
estacionada y desamparada,
frecuentado por los ásperos
hálitos del simún,
los cuales azotaban mi cara, (¡pero que digo mi cara,
si allí sólo caminaba un corazón!),
cuando, sorpresivamente,
allende los rojizos y polvorosos oleajes,
a diez estadios de esperanza,
la ternal verdura de una colina aclarando
por sobre la tibia sangre del desierto
y bajo el hinchado pulmón del Tártaro, incipiente, divisé…
 

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