Solsticio de primavera
Poeta fiel al portal
Capítulo III.
Parte I
menguaba el encarnado firmamento del Tártaro
ante el fragor de mis pasos que,
tocados por el alabastrino seno de la esperanza,
conjuraban contra el destino sombrío
de las ánimas en la superficie sometidas,
y de aquel desierto,
Heimia apostada en torno al estratagema
de ditirambos,
con el vigor de Neso, y sus miríadas de centauros,
al acercarme a los lindes de aquel sempervirente collado.
es arduo el camino del cambio, espetaba, solo, sin Ámbar,
abandonando la vasta desolación del desierto,
pero incluso abúlico y todavía
vigilado por las saetas oculares de Hécate,
el amable recuerdo de Pasifae,
cretense doncella llevando hasta límites insospechados
su deseo,
tañía el postrer tramo dejándome en el comienzo del talud.
de igual manera que el sabio hombre comprende,
ya entrado en su adultez,
que la figura del padre debe ser erigida
y coronada de gloria en la niñez para luego,
en el adolecer, reprobarla en veta
de la propia identidad,
y tal un péndulo manejado por las alfareras
manos de la aseidad,
volver, una vez logrado el cometido,
a la génesis del hogar
para ver en él no el símbolo irremediable de la autoridad,
sino a una simple persona que se tropieza, se levanta,
y mirándonos a los ojos nos tiende una mano
debido a que la otra se encuentra ocupada
en sostener su propia vida y corazón,
entendí que en la deslumbrante colina
por la cual ahora circulaba,
desentrañábase, ciertamente, la razón de esta épica oda y su carótida.
este distrito estaba poblado por una sempiterna luz
que engalanaba todos los dotes
habidos en la esfera terrestre,
y a la vez, violenta y silente
derruía la necesidad y el deseo
de los cuerpos en los que, como en Danae y Europa,
caía su jacintina aurora.
en él se enlazaban árboles frutales y sicomoros,
animales, lagos, norias, fuentes,
libros, niños, niñas, hombres,
mujeres y dioses;
pálidos y lentos fantasmas de hueso
que se arrastraban y murmuraban lastimosamente.
llamábame superlativamente la atención ver
a aquellas almas errando
sobre el verde prado del Tártaro,
emitiendo tenues vagidos que se desvanecían
como el rocío sobre un clavel rojo,
carentes de odio o amor, de felicidad o dolor,
deleznables, condenados por las eras a permanecer
(¡lastimosas ánimas corred vuestro tez
de mi augusta niñez!).
pero el presente, ¡ay, pero el presente siempre será
nuestra única oportunidad, siempre!,
y allegándome a aquella turba inmortal,
de este forma los interpelé:
-¡habitantes, escuchadme cuando os hablo,
pues yo soy el inmemorial vate
que no teme al devenir,
y por gracia de la Sibila me hallo
hoy aquí;
un arma busco,
un arma para comprender a Tique
y horadarle tolerancia para con el amor;
puesto que son los primeros resplandores
que veo en esta nación,
sean piadosos conmigo,
y envíenme, os suplico, dónde se halle el verdadero amor!
Y ellos en coro: - tú nos hablas de buscar
pero aquella palabra no la entendemos más,
¿vuscar?, ¿buskar?,
privados estamos de deseo y necesidad,
éste es el verdadero Infierno,
un lugar perfecto e inmaculado,
aspiración mayor para los sapientes seres
de arriba, humanos;
mas condena eterna para los tartáreos
Y yo, exasperado: -¡sandez,
he recorrido el pasillo de la locura
y el ardiente desierto de la desolación,
se ha sacrificado mi alter ego,
y ahora llego,
y sólo encuentro una piara
de sirvientes del dolor!
Y la piara, al unísono:
-a tu disgusto nos prosternamos, oh áureo paladín,
...ningún duelo acontece sin cicatriz mas
...ahora, cumple tu cometido,
...lía a tu corazón mirra, oro, incienso y benjuí,
...imagina el albor de los tiempos venideros;
...atiende tu corazón, mira hacia la estrella de oriente y sigue aquel cometa de amor.
Dicen; y se disipan al tiempo que la colina desaparece y un cárdeno ornitorrinco surca la faja celeste de la Eclíptica estrellándose en lontananza, tras un nimio alcor.
Parte II.
¡cubríos la cabeza y arrojad hacia atrás
los huesos de vuestra madre,
es necesario, para que luego
de haber sido, ¡oh, raza de víboras!,
transformados en lobos
y vuestras casas por el fulminante rayo destrozadas
puedan cobrar vida las piedras
por Deucalión y Pirra despedidas,
en lo alto del monte Parnaso
bajo el cándido amparo del precoz ribaldo!
luego del gran diluvio el orbe entero
se resiginificó,
nació el nuevo orden;
un nuevo símbolo,
y otra torre vivificada por el odio extremo,
el fanatismo, la intolerancia y el desamor.
pues, para que negarlo, junto al linaje del ser humano
también nació su desesperación.
entonces, Sócrates, recuerda al príncipe escita
hacedor de los cuatro tragos,
la rueda del alfarero, amigo de Solón,
la justicia no es otra cosa que la utilización
de la retórica como medio de pancista dirección;
yo soy la áspera atalaya que nunca te dejará amar;
el hijo bastardo, la otra cara de tu amor;
oh Calcedonia, oh Calcedonia, oh Calcedonia, oh
Parte III
traspasado como un cetáceo por el diestro astil
lanzado desde el firmamento
en dirección al insondable mar
en el cual bramaba y despotricaba
contra la conformidad
de aquellos espectros rendidos
ante la vida, la muerte, y la voluntad,
la barbada estrella fugaz
marcóme, llena-de-gracia-
e-incansable tal un arpa,
en lontananza, tras los almendros del altozano,
el camino cuyo único objeto era el de trascender.
encontrarme para volver encontrar, el resentimiento
y la mezquindad no son más
que un testarudo paquidermo
descortezando, con sus lunas crecientes,
el fértil árbol de la bondad,
y así, una vez desprovisto de nutrientes
el mismo es descepado
por los vientos que no son vientos,
que sólo son avanzar,
y sus dádivas, caídas de sus endebles ramas,
alimento para los puercos del capital.
de toda forma, recapitulaba, el odio muere
donde nace, en cambio el amor
¡ay, en cambio el amor, se semeja más
a la húmeda tortuga del Ecuador que,
pacífica y de carácter abierto,
vuelve ya preñada a la dulcísima orilla
que la vio nacer, para,
recordando su amoroso pasado
desovar en los márgenes de su sonrosada niñez!
- denme un puñado de habas, y hasta el mismísimo Cielo las haré crecer.
sobre esta dicotomía, taciturno, venía cavilando
como un clérigo o un pez
que varado en un charco
espera por la época de lluvia
para poder hacia la ensenada acceder,
cuando, llegado al ápice del altozano,
rodeado de campánulas
y cerúleos eléboros, el fin y mi principio
del Tártaro vislumbré.
un angosto sendero partía desde el montículo
de verde grama en cual me encontraba
cruzando un negro abismo,
terminando en una atalaya
que por nubes de tormenta se hallaba sitiada.
nunca, en toda mi vida, había presenciado
tan monumental catafalco,
la torre, de piedra y yedra,
parecía moverse y cambiar su tamaño
al tiempo que me acercaba,
ya inmensa ya pequeña
el horror que sentía no tuvo comparación
cuando, despeñado por el enfermizo celaje
un rayo iluminó la torre
mostrándome así, en su fachada,
el triste y envejecido rostro de Trasímaco
que avizor, y envuelto en ira, vociferó: - !ciudadano, retroceded!
entonces, claro como la luz en el agua, recordé
las sabias palabras de un desconocido poeta
que en murmurios, una noche
de borrachera me las dio a conocer:
-pertenecer no significa diferenciarnos,
ya pertenecíamos
aún antes de separarnos,
y besando el tieso rostro del egoísmo y la violencia
principié mi derrotada estirpe hasta la base de la pétrea eminencia.
Parte IV
santo y patrono de la tierra del Canaán, apiádate de este pobre vate,
nacido del relámpago y el cilantro,
que a los remotos abismos de su mente no teme enfrentar;
San Cristóbal de Licia, protector de los viajeros
y las almas errantes,
acerca tu robusta espalda para que,
como al hijo del Hombre,
el peligroso vado de las etéreas alimañas
pueda sortear; llévame a destino seguro
y yo predicaré, ufano, tu misericordia para conmigo
y la humanidad cuando, una vez fuera
de este subterráneo limbo la péndola tome
a intención de comunicar que no existen límites
correspondidos para con el hombre,
el único límite, es creer que los hay.
la vida, divino tesoro, no concibe edad,
su flor, como la austera rosa de Jericó,
rehúsa de la eterna culpa y el perdón;
cerrándose en lapsos de dolor y desolación,
más susceptible a abrirse al menor contacto con el agua o con el amor.
arrima ahora, ven, San Cristóbal, el hombro para que pueda subir a tu cerviz y,
enlazando tu apócrifo cuello con mis brazos convocar,
también, a San Rafael (¡oh, proterva torre tanto
es el temor que me infundís!)
a fin que detenga mi ceguera como a Tobit,
y tanto acá abajo como allá arriba pueda, nefelibato, el camino proseguir.
tembloroso cual el estambre de agua de la fontana
no omitía dios grecolatino, patrón cristiano
o arcángel hebreo
a fin de elevar mis salmos y plegarias mientras,
paulatinamente,
mi cuerpo y su amoroso nexo
para el último asalto en el Tártaro se preparaba.
sandia atalaya del odio para con el otro
y la incomprensión prorrumpía
a metros de las plantas de mis pies,
sin embargo, el camino era único,
y la maligna fuerza que la estaca de piedra gozaba
Parte I
menguaba el encarnado firmamento del Tártaro
ante el fragor de mis pasos que,
tocados por el alabastrino seno de la esperanza,
conjuraban contra el destino sombrío
de las ánimas en la superficie sometidas,
y de aquel desierto,
Heimia apostada en torno al estratagema
de ditirambos,
con el vigor de Neso, y sus miríadas de centauros,
al acercarme a los lindes de aquel sempervirente collado.
es arduo el camino del cambio, espetaba, solo, sin Ámbar,
abandonando la vasta desolación del desierto,
pero incluso abúlico y todavía
vigilado por las saetas oculares de Hécate,
el amable recuerdo de Pasifae,
cretense doncella llevando hasta límites insospechados
su deseo,
tañía el postrer tramo dejándome en el comienzo del talud.
de igual manera que el sabio hombre comprende,
ya entrado en su adultez,
que la figura del padre debe ser erigida
y coronada de gloria en la niñez para luego,
en el adolecer, reprobarla en veta
de la propia identidad,
y tal un péndulo manejado por las alfareras
manos de la aseidad,
volver, una vez logrado el cometido,
a la génesis del hogar
para ver en él no el símbolo irremediable de la autoridad,
sino a una simple persona que se tropieza, se levanta,
y mirándonos a los ojos nos tiende una mano
debido a que la otra se encuentra ocupada
en sostener su propia vida y corazón,
entendí que en la deslumbrante colina
por la cual ahora circulaba,
desentrañábase, ciertamente, la razón de esta épica oda y su carótida.
este distrito estaba poblado por una sempiterna luz
que engalanaba todos los dotes
habidos en la esfera terrestre,
y a la vez, violenta y silente
derruía la necesidad y el deseo
de los cuerpos en los que, como en Danae y Europa,
caía su jacintina aurora.
en él se enlazaban árboles frutales y sicomoros,
animales, lagos, norias, fuentes,
libros, niños, niñas, hombres,
mujeres y dioses;
pálidos y lentos fantasmas de hueso
que se arrastraban y murmuraban lastimosamente.
llamábame superlativamente la atención ver
a aquellas almas errando
sobre el verde prado del Tártaro,
emitiendo tenues vagidos que se desvanecían
como el rocío sobre un clavel rojo,
carentes de odio o amor, de felicidad o dolor,
deleznables, condenados por las eras a permanecer
(¡lastimosas ánimas corred vuestro tez
de mi augusta niñez!).
pero el presente, ¡ay, pero el presente siempre será
nuestra única oportunidad, siempre!,
y allegándome a aquella turba inmortal,
de este forma los interpelé:
-¡habitantes, escuchadme cuando os hablo,
pues yo soy el inmemorial vate
que no teme al devenir,
y por gracia de la Sibila me hallo
hoy aquí;
un arma busco,
un arma para comprender a Tique
y horadarle tolerancia para con el amor;
puesto que son los primeros resplandores
que veo en esta nación,
sean piadosos conmigo,
y envíenme, os suplico, dónde se halle el verdadero amor!
Y ellos en coro: - tú nos hablas de buscar
pero aquella palabra no la entendemos más,
¿vuscar?, ¿buskar?,
privados estamos de deseo y necesidad,
éste es el verdadero Infierno,
un lugar perfecto e inmaculado,
aspiración mayor para los sapientes seres
de arriba, humanos;
mas condena eterna para los tartáreos
Y yo, exasperado: -¡sandez,
he recorrido el pasillo de la locura
y el ardiente desierto de la desolación,
se ha sacrificado mi alter ego,
y ahora llego,
y sólo encuentro una piara
de sirvientes del dolor!
Y la piara, al unísono:
-a tu disgusto nos prosternamos, oh áureo paladín,
...ningún duelo acontece sin cicatriz mas
...ahora, cumple tu cometido,
...lía a tu corazón mirra, oro, incienso y benjuí,
...imagina el albor de los tiempos venideros;
...atiende tu corazón, mira hacia la estrella de oriente y sigue aquel cometa de amor.
Dicen; y se disipan al tiempo que la colina desaparece y un cárdeno ornitorrinco surca la faja celeste de la Eclíptica estrellándose en lontananza, tras un nimio alcor.
Parte II.
¡cubríos la cabeza y arrojad hacia atrás
los huesos de vuestra madre,
es necesario, para que luego
de haber sido, ¡oh, raza de víboras!,
transformados en lobos
y vuestras casas por el fulminante rayo destrozadas
puedan cobrar vida las piedras
por Deucalión y Pirra despedidas,
en lo alto del monte Parnaso
bajo el cándido amparo del precoz ribaldo!
luego del gran diluvio el orbe entero
se resiginificó,
nació el nuevo orden;
un nuevo símbolo,
y otra torre vivificada por el odio extremo,
el fanatismo, la intolerancia y el desamor.
pues, para que negarlo, junto al linaje del ser humano
también nació su desesperación.
entonces, Sócrates, recuerda al príncipe escita
hacedor de los cuatro tragos,
la rueda del alfarero, amigo de Solón,
la justicia no es otra cosa que la utilización
de la retórica como medio de pancista dirección;
yo soy la áspera atalaya que nunca te dejará amar;
el hijo bastardo, la otra cara de tu amor;
oh Calcedonia, oh Calcedonia, oh Calcedonia, oh
Parte III
traspasado como un cetáceo por el diestro astil
lanzado desde el firmamento
en dirección al insondable mar
en el cual bramaba y despotricaba
contra la conformidad
de aquellos espectros rendidos
ante la vida, la muerte, y la voluntad,
la barbada estrella fugaz
marcóme, llena-de-gracia-
e-incansable tal un arpa,
en lontananza, tras los almendros del altozano,
el camino cuyo único objeto era el de trascender.
encontrarme para volver encontrar, el resentimiento
y la mezquindad no son más
que un testarudo paquidermo
descortezando, con sus lunas crecientes,
el fértil árbol de la bondad,
y así, una vez desprovisto de nutrientes
el mismo es descepado
por los vientos que no son vientos,
que sólo son avanzar,
y sus dádivas, caídas de sus endebles ramas,
alimento para los puercos del capital.
de toda forma, recapitulaba, el odio muere
donde nace, en cambio el amor
¡ay, en cambio el amor, se semeja más
a la húmeda tortuga del Ecuador que,
pacífica y de carácter abierto,
vuelve ya preñada a la dulcísima orilla
que la vio nacer, para,
recordando su amoroso pasado
desovar en los márgenes de su sonrosada niñez!
- denme un puñado de habas, y hasta el mismísimo Cielo las haré crecer.
sobre esta dicotomía, taciturno, venía cavilando
como un clérigo o un pez
que varado en un charco
espera por la época de lluvia
para poder hacia la ensenada acceder,
cuando, llegado al ápice del altozano,
rodeado de campánulas
y cerúleos eléboros, el fin y mi principio
del Tártaro vislumbré.
un angosto sendero partía desde el montículo
de verde grama en cual me encontraba
cruzando un negro abismo,
terminando en una atalaya
que por nubes de tormenta se hallaba sitiada.
nunca, en toda mi vida, había presenciado
tan monumental catafalco,
la torre, de piedra y yedra,
parecía moverse y cambiar su tamaño
al tiempo que me acercaba,
ya inmensa ya pequeña
el horror que sentía no tuvo comparación
cuando, despeñado por el enfermizo celaje
un rayo iluminó la torre
mostrándome así, en su fachada,
el triste y envejecido rostro de Trasímaco
que avizor, y envuelto en ira, vociferó: - !ciudadano, retroceded!
entonces, claro como la luz en el agua, recordé
las sabias palabras de un desconocido poeta
que en murmurios, una noche
de borrachera me las dio a conocer:
-pertenecer no significa diferenciarnos,
ya pertenecíamos
aún antes de separarnos,
y besando el tieso rostro del egoísmo y la violencia
principié mi derrotada estirpe hasta la base de la pétrea eminencia.
Parte IV
santo y patrono de la tierra del Canaán, apiádate de este pobre vate,
nacido del relámpago y el cilantro,
que a los remotos abismos de su mente no teme enfrentar;
San Cristóbal de Licia, protector de los viajeros
y las almas errantes,
acerca tu robusta espalda para que,
como al hijo del Hombre,
el peligroso vado de las etéreas alimañas
pueda sortear; llévame a destino seguro
y yo predicaré, ufano, tu misericordia para conmigo
y la humanidad cuando, una vez fuera
de este subterráneo limbo la péndola tome
a intención de comunicar que no existen límites
correspondidos para con el hombre,
el único límite, es creer que los hay.
la vida, divino tesoro, no concibe edad,
su flor, como la austera rosa de Jericó,
rehúsa de la eterna culpa y el perdón;
cerrándose en lapsos de dolor y desolación,
más susceptible a abrirse al menor contacto con el agua o con el amor.
arrima ahora, ven, San Cristóbal, el hombro para que pueda subir a tu cerviz y,
enlazando tu apócrifo cuello con mis brazos convocar,
también, a San Rafael (¡oh, proterva torre tanto
es el temor que me infundís!)
a fin que detenga mi ceguera como a Tobit,
y tanto acá abajo como allá arriba pueda, nefelibato, el camino proseguir.
tembloroso cual el estambre de agua de la fontana
no omitía dios grecolatino, patrón cristiano
o arcángel hebreo
a fin de elevar mis salmos y plegarias mientras,
paulatinamente,
mi cuerpo y su amoroso nexo
para el último asalto en el Tártaro se preparaba.
sandia atalaya del odio para con el otro
y la incomprensión prorrumpía
a metros de las plantas de mis pies,
sin embargo, el camino era único,
y la maligna fuerza que la estaca de piedra gozaba