Silencio
Poeta recién llegado
Camino hacia tu casa,
llego y toco el timbre,
tu contestas: ¿si? y yo,
como lo hubiera hecho entonces,
contesto: ¡no!
Abres y subo.
El corazón se desborda y me tiemblan las piernas.
Cuando llego todo está a oscuras,
el televisor y la voz chirriante de tu compañera de piso
me acompañan mientras me acerco a tu habitación.
En la cama, tu desnudo, me miras y me saludas,
rodeo tu cama y casi sin mirarte,
empiezo a despojarme de mi ropa.
No puedo resistirme y me abalanzo sobre ti,
te planto un beso y descubro una mezcla entre odio, rencor y nerviosismo,
poco a poco transmuta en erotismo y culmina en sexo.
Salvaje, astuto, tímido, caliente,
mordiscos y caricias en un duelo a muerte,
rendida y desbocada, entera y entregada,
me diluyo en un alud de palabras que no digo,
te quiero, te amo, quiero susurrarte al oido,
quiero abrazarte y no separarme jamás,
y sin embargo, acabamos.
Me acuesto a tu lado y me tocas como entonces,
y siento como me recorren lágrimas que no salen
y unas ganas tremendas de salir corriendo.
Pero me quedo, apegada a tu piel suave y casi tersa,
respirándote, sabiendo que yaces con otras,
sabiendo que ya no estás conmigo,
me quedo así, inmóbil, inhalando a consciencia cada segundo.
La pasión te agota y te quedas lánguido,
mirando el televisor, yo no dejo de mirarte,
ansiando no tener que levantarme,
vestirme e irme.
Cuando el nudo de la garganta se hace demasiado intenso,
empiezo a ponerme las medias, la falda, la camiseta, las botas y finalmente, la chaqueta.
Aún abrumada y sin aliento,
me dirijo, detrás de ti, hacia la puerta.
Me besas, un beso de despedida pienso,
se alarga, te abrazo, suspiras.
Abres la puerta y me dices: descansa o pásatelo bien,
no digo nada y bajo las escaleras.
Llego a la calle, oscura, fría y camino,
camino, camino...
llego y toco el timbre,
tu contestas: ¿si? y yo,
como lo hubiera hecho entonces,
contesto: ¡no!
Abres y subo.
El corazón se desborda y me tiemblan las piernas.
Cuando llego todo está a oscuras,
el televisor y la voz chirriante de tu compañera de piso
me acompañan mientras me acerco a tu habitación.
En la cama, tu desnudo, me miras y me saludas,
rodeo tu cama y casi sin mirarte,
empiezo a despojarme de mi ropa.
No puedo resistirme y me abalanzo sobre ti,
te planto un beso y descubro una mezcla entre odio, rencor y nerviosismo,
poco a poco transmuta en erotismo y culmina en sexo.
Salvaje, astuto, tímido, caliente,
mordiscos y caricias en un duelo a muerte,
rendida y desbocada, entera y entregada,
me diluyo en un alud de palabras que no digo,
te quiero, te amo, quiero susurrarte al oido,
quiero abrazarte y no separarme jamás,
y sin embargo, acabamos.
Me acuesto a tu lado y me tocas como entonces,
y siento como me recorren lágrimas que no salen
y unas ganas tremendas de salir corriendo.
Pero me quedo, apegada a tu piel suave y casi tersa,
respirándote, sabiendo que yaces con otras,
sabiendo que ya no estás conmigo,
me quedo así, inmóbil, inhalando a consciencia cada segundo.
La pasión te agota y te quedas lánguido,
mirando el televisor, yo no dejo de mirarte,
ansiando no tener que levantarme,
vestirme e irme.
Cuando el nudo de la garganta se hace demasiado intenso,
empiezo a ponerme las medias, la falda, la camiseta, las botas y finalmente, la chaqueta.
Aún abrumada y sin aliento,
me dirijo, detrás de ti, hacia la puerta.
Me besas, un beso de despedida pienso,
se alarga, te abrazo, suspiras.
Abres la puerta y me dices: descansa o pásatelo bien,
no digo nada y bajo las escaleras.
Llego a la calle, oscura, fría y camino,
camino, camino...