Khar Asbeel
Poeta fiel al portal
Suenan las nueve campanadas
resquebrajando el velo de mi paz fugitiva.
Es tiempo de marchar, oí el llamado.
Salgo al camino negro que labro el llanto.
Todo mi equipaje se aprieta bajo la piel,
no hay espacio para mentiras ni lamentos.
Desnudo navego en este mar acerbo
carente de orillas cómplices
donde el reflejo de mi rostro muerto
huye del ansia de mis ojos inciertos.
Doce antorchas oscilan sobre las aguas,
la procesión fúnebre de mi alma extraviada.
Me detengo a cantar un réquiem
ante la fosa abierto exigiendo mi carne.
¿Por qué todo es tan frio?
¿Por qué nadie está conmigo?
La voz del campanario murmura sobre el horizonte:
“¡La muerte es el viaje más íntimo!”
Nada me queda más que vestirme de gusanos
y esparcir mis entrañas a los cuervos.
Arrullando a mi fantasma en su última cuna
me estremezco ante la orfandad de Dios.
El cielo y el mar son uno solo,
la pupila eterna del vacío infinito.
Entregado a un vértigo primigenio
me dejo caer en las fauces de la Nada,
mientras en el la comba negra del tiempo errante
se diluye extenuada la última campanada.
resquebrajando el velo de mi paz fugitiva.
Es tiempo de marchar, oí el llamado.
Salgo al camino negro que labro el llanto.
Todo mi equipaje se aprieta bajo la piel,
no hay espacio para mentiras ni lamentos.
Desnudo navego en este mar acerbo
carente de orillas cómplices
donde el reflejo de mi rostro muerto
huye del ansia de mis ojos inciertos.
Doce antorchas oscilan sobre las aguas,
la procesión fúnebre de mi alma extraviada.
Me detengo a cantar un réquiem
ante la fosa abierto exigiendo mi carne.
¿Por qué todo es tan frio?
¿Por qué nadie está conmigo?
La voz del campanario murmura sobre el horizonte:
“¡La muerte es el viaje más íntimo!”
Nada me queda más que vestirme de gusanos
y esparcir mis entrañas a los cuervos.
Arrullando a mi fantasma en su última cuna
me estremezco ante la orfandad de Dios.
El cielo y el mar son uno solo,
la pupila eterna del vacío infinito.
Entregado a un vértigo primigenio
me dejo caer en las fauces de la Nada,
mientras en el la comba negra del tiempo errante
se diluye extenuada la última campanada.