Campo enamorado.

joel almo

Poeta recién llegado
Hay un folclore escondido en cada
semilla que transciende en las manos
de los que alimentan las porosas tierras,
el aire fresco respira entre tonadas y
proclama luminosos panes de río sudoroso,
son alimentos y canto, y artesanos y risas.
Hay una estrella en cada adobe y conversan
como chicha en estómagos sonrientes:
¡Ay trilla ventosa, por ti corren pedagogías de
trigo campestre, Hazme de tierra, de harina,
vuelve entreteniendo los galopes perezosos!

Miguel se llamaba, su historia
es de amantes vinos y simple corteza,
él se toma su tiempo como barro seco, él no
quiere la gloria de las lenguas.
Caminaba entre los soleados damascos
robustos de campo, conversaban con sus
dientes la fruta fresca y era sencillo verlo feliz,
él solía recordarlo.
Como acaricia entre polvo y montañas
la vida susurra lodos entre las piernas,
Miguel lo sabía porque antes fue un niño
y solía cantar los cánticos de la vida aunque
fuera de estrellas cansadas.
¿Un hombre como tú, ama la desigualdad de
los que no hacen nada, o acaso la tierra no
bebe el vino de los ríos entre piedras avergonzadas?
¡Miguel, trabaja la tierra, hay riquezas mayores en las
haciendas que no conoces!

Como leche maternal nada amamantando las
palabras hambrientas de los cuerpos
escondidos en fragancias de vidrio,
nada es más natural que sus manos polvorientas
trabajando, él se aromatiza con la fragancia de las
aves y la leña de los panes en la mesa.
En un rincón del pueblo de voces trabajadas,
está su flor sin horario, hay belleza ligera en sus
piernas y su tallo lo esperaba después de los
horneados trigos amarillos,
él la besa humedeciendo
sus penas en cuentos románticos,
habían guiños en sus pétalos de trenza.

Si de cantos supiera, hay algo en esos
besos que lo escribe todo en artesanía amada,
los hombres aman entre paja y agua
y entre cuerdas de piedras se construyen los
sonetos del valle, entre sudor crecen las ramas
de los amantes y la vida,
entre caballos y chivato la carne de los pinos,
entre arbustos y poncho el abrigo de los
hijos.
Su descendencia no tiene obra remunerada
más que canales en las venas,
pero hay una flor a quien ama, hay un color
entre sus grietas murallas, hay una uva en las
viñas expropiadas.
Miguel no existe, porque su garganta
ha quedado muda como muchas otras,
sus cuentos son populares olvidos en los labios,
pero allí está la flor arrinconada esperando sus
besos, porque él es tierra, es piedras de río,
es adobe de pino campestre.
 

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