Mujer, un vahído de nebulosas te proclama
El relámpago lunar te magnifica en la noche del deseo
Piedra admirable que permites la inmortalidad
con un verso en ti grabado.
Eres brillo opalescente en tu piel de fiera mansa
las luciérnagas de tus ojos domestican a los vientos y las furias
y las suaves ondulaciones de tus muslos abren fronteras
que florecerán en primaveras sonrientes.
Sobre los puentes ardidos tu imagen recompensa los esfuerzos
de los frutales abatidos por las plagas
y las aguas turbulentas que esperan recibir algún suicida
entonan para ti salmodias con el pausado devenir de los tranvías.
Las palomas doradas se arraciman en tus pechos dispensadores de vida
y los pájaros en fuga picotean los ojos perdidos de los que cantan endechas
Claro es el sendero en la noche que hasta ti conduce, oh soberbia
En su final se recorta la antigua silueta de la casa iluminada.
Aunque sea el bosque con su rumorosa magia el que confine los secretos
los búhos de alas poderosas reclaman para ti, mujer, la osadía de su canto.
¿Donde quedó el cristal inquebrantado de tu mirada de fuego?
¿Donde el final en el que tus brazos de poderoso contorno se hacen estatua?
Dejas sin fuerza la potencia del imán que nos orienta
Embotas el riguroso filo del hacha que nos va a descabezar
Tus pasos anuncian el final de las playas arenosamente desiertas
y provocan el nacimiento de palmerales ubérrimos.
Absorbeme entre tus pechos, fanales luminosos como lunas geminadas
Tus pechos, gozosas cúpulas bajo las que anidan las madrugadas
Por tus caderas desfilan ríos de agua cálida
en los que se ahogan los productores de sueños.
Eres la fuente sin tiempo donde abrevan mis instintos minerales
el camino donde tus cabellos rubios se hacen cortocircuitos o sartas para rosarios
Como árboles que brotan del enfurecido mar, sólo soy delfín y león rampantes ante tu cuerpo.
Mujer sin techo ni suelo, sólo nube de esperanza.
Ilust.: “Mujeres corriendo en la playa. (La carrera)” P. Picasso. 1922
El relámpago lunar te magnifica en la noche del deseo
Piedra admirable que permites la inmortalidad
con un verso en ti grabado.
Eres brillo opalescente en tu piel de fiera mansa
las luciérnagas de tus ojos domestican a los vientos y las furias
y las suaves ondulaciones de tus muslos abren fronteras
que florecerán en primaveras sonrientes.
Sobre los puentes ardidos tu imagen recompensa los esfuerzos
de los frutales abatidos por las plagas
y las aguas turbulentas que esperan recibir algún suicida
entonan para ti salmodias con el pausado devenir de los tranvías.
Las palomas doradas se arraciman en tus pechos dispensadores de vida
y los pájaros en fuga picotean los ojos perdidos de los que cantan endechas
Claro es el sendero en la noche que hasta ti conduce, oh soberbia
En su final se recorta la antigua silueta de la casa iluminada.
Aunque sea el bosque con su rumorosa magia el que confine los secretos
los búhos de alas poderosas reclaman para ti, mujer, la osadía de su canto.
¿Donde quedó el cristal inquebrantado de tu mirada de fuego?
¿Donde el final en el que tus brazos de poderoso contorno se hacen estatua?
Dejas sin fuerza la potencia del imán que nos orienta
Embotas el riguroso filo del hacha que nos va a descabezar
Tus pasos anuncian el final de las playas arenosamente desiertas
y provocan el nacimiento de palmerales ubérrimos.
Absorbeme entre tus pechos, fanales luminosos como lunas geminadas
Tus pechos, gozosas cúpulas bajo las que anidan las madrugadas
Por tus caderas desfilan ríos de agua cálida
en los que se ahogan los productores de sueños.
Eres la fuente sin tiempo donde abrevan mis instintos minerales
el camino donde tus cabellos rubios se hacen cortocircuitos o sartas para rosarios
Como árboles que brotan del enfurecido mar, sólo soy delfín y león rampantes ante tu cuerpo.
Mujer sin techo ni suelo, sólo nube de esperanza.
Ilust.: “Mujeres corriendo en la playa. (La carrera)” P. Picasso. 1922
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