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Canto de los Huesos que Cruzan

Jose Anibal Ortiz Lozada

Poeta adicto al portal
En el alba que se desgarra como un mapa viejo, ellos caminan. No llevan relojes, porque el tiempo aquí es una serpiente que muerde su cola: los días se repiten en sudor, en sed, en huellas que el viento borra con dedos de arena. Los migrantes avanzan, esqueletos de esperanza vestidos con piel de sueños rotos. Sus nombres, olvidados en algún acta de la migra, son ahora verbos: caminar, resistir, sobrevivir.

Trump los llama animales, pero ellos saben que los animales no lloran al cruzar el Río Grande con hijos a cuestas, ni rezan a La Guadalupe mientras las balas de la Border Patrol silban como coyotes hambrientos. La política es una jaula de alambre de púas que sangra el horizonte. Los niños, con sus ojos de obsidiana, preguntan: ¿Ya llegamos? Y las madres responden con canciones de cuna que se mezclan con el ulular de los helicópteros.

En Tucson o en El Paso, sus sombras se alargan como raíces buscando tierra. Algunos caen, y la arena los convierte en fósiles anónimos. Pero hasta los muertos siguen marchando: sus huesos germinan en cactus que florecen de noche, escupiendo pétalos rojos como lenguas de fuego. Las botellas vacías que dejan atrás son mensajes en código: Aquí hubo sed, aquí hubo vida.

Cortázar diría que la frontera es un hopscotch dibujado con tiza venenosa. Saltas de cuadro en cuadro, de desierto a cárcel, de sueño a pesadilla, hasta que tus pies sangran y el cielo se vuelve un espejo que devuelve tu reflejo desmembrado. Espina susurraría que el exilio es un naufragio en seco, donde el polvo te ahoga más que el mar.

Pero ellos, los migrantes, tejen su geografía en clave de bolero. Llevan el Sur cosido en las costuras de sus mochilas: semillas de maíz, fotos desteñidas, santos de yeso que se resquebrajaron en el camino. Cuando la luna los descubre agazapados en los trenes de carga, cantan. Sus voces son ríos subterráneos que nadie puede detener.

Y aunque los quieran convertir en cifras, en casos, en ilegales, ellos saben que la libertad no es una green card ni un muro derribado. Es el instante en que la comunidad levanta sus manos y rasga el silencio: tamales hirviendo en ollas compartidas, el "sí se puede" que resuena en los suburbios de Phoenix, las abuelas que tejen escudos con los hilos de su pelo canoso.

Al final, hasta el desierto se rinde. Las estrellas, cómplices, escriben sus rutas con constelaciones que ICE no puede descifrar. Y en cada grano de arena, nace un país sin fronteras, donde nadie es extranjero, sino hermano de la misma tierra herida, de la misma hambre sagrada.

(Coda: Un acordeón toca en la distancia. Es la música de los que no se detienen, la melodía de los huesos que, aunque rotos, siguen bailando.)
 

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