Khar Asbeel
Poeta fiel al portal
¡Les hablo a ustedes,
aquellos que erigen los pasos de su peregrinación
sobre la efímera huella del polvo,
herederos sin trono del Reino de Ceniza!
Ustedes,
que fijan la ebullición de sus agitaciones
entre la aséptica seguridad de las líneas,
ustedes,
que no aventuran jamás un pie
sin antes marcar el destino del paso
ni extienden un brazo
sin esperar estrellarse con la solidez,
ustedes,
los que prefieren cubrirse de moho
antes de intentar rodar.
Hace mucho que el miedo les adoctrino
a zurcir con mustio silencio
cualquier sublevación de sus bocas,
a cerrar con los herméticos hilos
de una cómoda ceguera
los dispersión de los ojos, que, atrofiados,
predican, con la seguridad del loco,
la felicidad de no ver nada.
En duras piedras cae la fragmentada corrosión
de mi canto enfermo.
La lepra abre camino a mis costillas,
diseminando el carmesí
de cóncavas espirales
y mis manos devoradas,
se deshacen cual amarga espuma
tratando de asir
la cabellera del viento.
Ahí, abajo,
mi ángel me escupe una sangrienta burla
en el rostro, demacrado por la apatía,
y se marcha,
con la burla hirviendo en sus labios,
riendo la vergüenza de mi erosión,
batiendo la ira con sus alas
para dispersar la deshora de mi polvo.
¡A ustedes les entrego mi piel,
a ustedes lanzo mis ojos,
a ustedes abro las llagas,
a ustedes corono de espinas,
a ustedes pongo la estaca sobre el corazón,
a ustedes elevo el martillo
a ustedes les traigo el fuego y la espada,
a ustedes arrojo la primera piedra,
a ustedes escupo mi enfermedad!
¡Oigan y entiendan!
Estoy aquí,
desangrándome,
trazando arroyos escarlata en busca de dirección,
esperando que se tiendan conmigo,
mirando a la helada faz del éter,
para derramar sin asomo de prisa
la añeja pus de sus cantos enfermos.
No necesitan orar,
no necesitan llorar,
no es necesario ponerse de rodillas
no es necesario besar ningún anillo,
no es necesario practicar la confesión,
no es necesario esperar que se absuelvan,
no es necesario aceptar los clavos,
solo toma el cuchillo,
ábrete las venas
y sangra en el sendero de tu angustia
un canto enfermo.
¡Atrévete a morir, una sola vez!
¡Ama el juicio y la condena,
ama la cruz y el látigo,
ama la espina y la caída,
ama la lanza y el sepulcro!
y espera, pacientemente,
la resurrección del siguiente día.
Desnúdate,
recibe desnudo el beso del primer día,
del último día,
del único día.
Haz formado de retazos ajenos ,
la piel de tu conciencia,
tomando de lo que a otros le sobran
los cimientos de tu existir,
piel seca, gusano extraño,
formando un rostro apócrifo,
paisaje de falsedades,
cortina sostenida sobre sus grietas
donde ocultan las lágrimas tus miedos.
¡Desnúdate!
Recibe limpio,
con tu propio rostro,
desollando la putrefacción de las caretas,
la luz de ese día señalado,
Aguarda ahí, sumergido en la pureza
del espacio abierto,
a que la savia del viento cierre tus cicatrices
y lave el hedor y la pus
de tus cantos enfermos.
Tiéndete en la Tierra,
vuelve al elemento,
entierra tus raíces,
aprende a ser nutritivo,
aprende a alimentarte y a ser alimento,
se boca y se bocado,
muere, para que después del ciclo
te levantes en un reencarnado florecimiento.
Se flor, se fruto,
se raíz, se sustento,
se aire, se perfume.
Nace de nuevo,
siente la nueva piel latir,
se un niño de nuevo,
grita, llora glorificando tu carne.
A ustedes les digo,
los que marchan tras el polvo y la ceniza,
torres de humo de un efímero castillo
que dispersa el viento,
¡Son, existen,
y si en su interior
los corroe el ácido
de un canto enfermo,
rézalo, predícalo, elévalo a tus labios, siémbralo en los oídos,
se libre… y se limpio.
aquellos que erigen los pasos de su peregrinación
sobre la efímera huella del polvo,
herederos sin trono del Reino de Ceniza!
Ustedes,
que fijan la ebullición de sus agitaciones
entre la aséptica seguridad de las líneas,
ustedes,
que no aventuran jamás un pie
sin antes marcar el destino del paso
ni extienden un brazo
sin esperar estrellarse con la solidez,
ustedes,
los que prefieren cubrirse de moho
antes de intentar rodar.
Hace mucho que el miedo les adoctrino
a zurcir con mustio silencio
cualquier sublevación de sus bocas,
a cerrar con los herméticos hilos
de una cómoda ceguera
los dispersión de los ojos, que, atrofiados,
predican, con la seguridad del loco,
la felicidad de no ver nada.
En duras piedras cae la fragmentada corrosión
de mi canto enfermo.
La lepra abre camino a mis costillas,
diseminando el carmesí
de cóncavas espirales
y mis manos devoradas,
se deshacen cual amarga espuma
tratando de asir
la cabellera del viento.
Ahí, abajo,
mi ángel me escupe una sangrienta burla
en el rostro, demacrado por la apatía,
y se marcha,
con la burla hirviendo en sus labios,
riendo la vergüenza de mi erosión,
batiendo la ira con sus alas
para dispersar la deshora de mi polvo.
¡A ustedes les entrego mi piel,
a ustedes lanzo mis ojos,
a ustedes abro las llagas,
a ustedes corono de espinas,
a ustedes pongo la estaca sobre el corazón,
a ustedes elevo el martillo
a ustedes les traigo el fuego y la espada,
a ustedes arrojo la primera piedra,
a ustedes escupo mi enfermedad!
¡Oigan y entiendan!
Estoy aquí,
desangrándome,
trazando arroyos escarlata en busca de dirección,
esperando que se tiendan conmigo,
mirando a la helada faz del éter,
para derramar sin asomo de prisa
la añeja pus de sus cantos enfermos.
No necesitan orar,
no necesitan llorar,
no es necesario ponerse de rodillas
no es necesario besar ningún anillo,
no es necesario practicar la confesión,
no es necesario esperar que se absuelvan,
no es necesario aceptar los clavos,
solo toma el cuchillo,
ábrete las venas
y sangra en el sendero de tu angustia
un canto enfermo.
¡Atrévete a morir, una sola vez!
¡Ama el juicio y la condena,
ama la cruz y el látigo,
ama la espina y la caída,
ama la lanza y el sepulcro!
y espera, pacientemente,
la resurrección del siguiente día.
Desnúdate,
recibe desnudo el beso del primer día,
del último día,
del único día.
Haz formado de retazos ajenos ,
la piel de tu conciencia,
tomando de lo que a otros le sobran
los cimientos de tu existir,
piel seca, gusano extraño,
formando un rostro apócrifo,
paisaje de falsedades,
cortina sostenida sobre sus grietas
donde ocultan las lágrimas tus miedos.
¡Desnúdate!
Recibe limpio,
con tu propio rostro,
desollando la putrefacción de las caretas,
la luz de ese día señalado,
Aguarda ahí, sumergido en la pureza
del espacio abierto,
a que la savia del viento cierre tus cicatrices
y lave el hedor y la pus
de tus cantos enfermos.
Tiéndete en la Tierra,
vuelve al elemento,
entierra tus raíces,
aprende a ser nutritivo,
aprende a alimentarte y a ser alimento,
se boca y se bocado,
muere, para que después del ciclo
te levantes en un reencarnado florecimiento.
Se flor, se fruto,
se raíz, se sustento,
se aire, se perfume.
Nace de nuevo,
siente la nueva piel latir,
se un niño de nuevo,
grita, llora glorificando tu carne.
A ustedes les digo,
los que marchan tras el polvo y la ceniza,
torres de humo de un efímero castillo
que dispersa el viento,
¡Son, existen,
y si en su interior
los corroe el ácido
de un canto enfermo,
rézalo, predícalo, elévalo a tus labios, siémbralo en los oídos,
se libre… y se limpio.