Khar Asbeel
Poeta fiel al portal
He enterrado la ruina de mis manos
en el barro de mi origen.
He labrado el peso de mi lapida
bajo el cual me hundiré en la tierra.
El espejo me muestra
su pupila vacía.
¿Bajo que palabras se cobijara
mi canto enfermo?
¿Qué ecos lo repetirán?
Nadie escucha.
Dejo mi piel en el armario,
testamento de rancios fracasos.
¿A dónde iran ustedes, a donde?
Buscando a tientas una puerta
en el muro de la ceguera,
marea de miedos
estrellándose contra la piedras.
Hace falta sembrar ojos,
plantar manos.
¡Hacen tanta falta!
Torrente de mutilaciones
se derrama en las calles,
lamiendo las paredes,
besando el polvo donde puso la rodilla
el que cayó por la cruz ajena.
en el hueco donde latía un corazón
destilo mi canto enfermo.
Beso de aridez,
ajeno a todo consuelo.
Braza en los labios clausurados
para que las palabras aprendan
a caminar de nuevo.
Hay que practicar el llanto,
quitar los diques de las lágrimas,
formar un río que busque el mar,
valle de soledades
donde naufragan
los que intentamos conocer otros confines.
Juntemos los crepúsculos
y exprimamos de ellos
nuevos amaneceres.
Juntemos las estrellas
para trenzar una corona
a nuestra melancolía.
Aprendamos a sangrar,
aprendamos a morir
aprendamos a renacer.
No le temamos al sepulcro,
que no nos retenga la mortaja,
que el gusano no hiera nuestra conciencia,
que el epitafio no nos pese,
que ahí, desnudos,
sobre la tierra,
bebamos el agua de un nuevo bautismo
en el cráneo de nuestro antiguo ser.
Arrullemos nuestra muerte
con los cantos que supuran
el hedor de nuestra enfermedad.
Abramos nuestra carne,
sangremos nuestra pus,
limpiemos con la hemorragia
los laberintos interiores.
¡Exorcicémonos!
Mostrémosles la salida a los demonios,
atranquémonos las fobias,
despintemos la mascara,
desatemos la lengua,
desclavemos los pies
y perfilemos nuevos caminos
que nos lleven a conocer
el límite del horizonte,
para rasgarlo como un velo
y mirar el remanso donde duermen los dioses.
Dentro del bosque de espejos
busco mi reflejo, policromía de angustias,
para destrozar ese lado
y observar dentro del otro
la lozanía del alma naciente,
la limpieza del aire virgen.
en el barro de mi origen.
He labrado el peso de mi lapida
bajo el cual me hundiré en la tierra.
El espejo me muestra
su pupila vacía.
¿Bajo que palabras se cobijara
mi canto enfermo?
¿Qué ecos lo repetirán?
Nadie escucha.
Dejo mi piel en el armario,
testamento de rancios fracasos.
¿A dónde iran ustedes, a donde?
Buscando a tientas una puerta
en el muro de la ceguera,
marea de miedos
estrellándose contra la piedras.
Hace falta sembrar ojos,
plantar manos.
¡Hacen tanta falta!
Torrente de mutilaciones
se derrama en las calles,
lamiendo las paredes,
besando el polvo donde puso la rodilla
el que cayó por la cruz ajena.
en el hueco donde latía un corazón
destilo mi canto enfermo.
Beso de aridez,
ajeno a todo consuelo.
Braza en los labios clausurados
para que las palabras aprendan
a caminar de nuevo.
Hay que practicar el llanto,
quitar los diques de las lágrimas,
formar un río que busque el mar,
valle de soledades
donde naufragan
los que intentamos conocer otros confines.
Juntemos los crepúsculos
y exprimamos de ellos
nuevos amaneceres.
Juntemos las estrellas
para trenzar una corona
a nuestra melancolía.
Aprendamos a sangrar,
aprendamos a morir
aprendamos a renacer.
No le temamos al sepulcro,
que no nos retenga la mortaja,
que el gusano no hiera nuestra conciencia,
que el epitafio no nos pese,
que ahí, desnudos,
sobre la tierra,
bebamos el agua de un nuevo bautismo
en el cráneo de nuestro antiguo ser.
Arrullemos nuestra muerte
con los cantos que supuran
el hedor de nuestra enfermedad.
Abramos nuestra carne,
sangremos nuestra pus,
limpiemos con la hemorragia
los laberintos interiores.
¡Exorcicémonos!
Mostrémosles la salida a los demonios,
atranquémonos las fobias,
despintemos la mascara,
desatemos la lengua,
desclavemos los pies
y perfilemos nuevos caminos
que nos lleven a conocer
el límite del horizonte,
para rasgarlo como un velo
y mirar el remanso donde duermen los dioses.
Dentro del bosque de espejos
busco mi reflejo, policromía de angustias,
para destrozar ese lado
y observar dentro del otro
la lozanía del alma naciente,
la limpieza del aire virgen.