Enrique Romero
Poeta recién llegado
Ojalá pudiese cantar yo al final de la vida
una trova que para los oídos sea inmarcesible.
No sería, de ninguna forma, canción de amor,
ni de miseria, ni el llanto de una herida;
ni la evocación inconsciente de parajes amarillos
donde, quizá, alguna vez percibimos la melodía
de un corazón único, de un mismo latido.
No sería nada y no sería para nadie.
Ni para un suspiro rojo
que un corazón atrapa y escupe.
Ni para la piedra del camino,
ni para los días amarillos.
ni para el amor de la odalisca,
que es el más nocturno.
Es muy triste como nos vemos
a través de una sordera feliz,
y felices vamos bailando
y cantando, aunque no sepamos.
una trova que para los oídos sea inmarcesible.
No sería, de ninguna forma, canción de amor,
ni de miseria, ni el llanto de una herida;
ni la evocación inconsciente de parajes amarillos
donde, quizá, alguna vez percibimos la melodía
de un corazón único, de un mismo latido.
No sería nada y no sería para nadie.
Ni para un suspiro rojo
que un corazón atrapa y escupe.
Ni para la piedra del camino,
ni para los días amarillos.
ni para el amor de la odalisca,
que es el más nocturno.
Es muy triste como nos vemos
a través de una sordera feliz,
y felices vamos bailando
y cantando, aunque no sepamos.