“Una lágrima en el océano no lo hace más grande, pero es tan diminuta que cabe toda mi tristeza.” Meditaba como de costumbre, sentado descalzo en la playa, dejando que el vaivén de las olas mojaran sus pies. Cuan grande era la vida para un jovenzuelo adolescente, como para darle cara al destino. La sola idea de independizarse de su familia le aterraba. Se sentía desvalido, si no fuera por su voz interior que le decía: “Suelta y confía.” Pero era un chico melancólico, introvertido y sensible que se deprimía, por ejemplo, al ver la muerte de una mariposa. En el fondo, al parecer, llevaba la tristeza y melancolía del poeta, que en ciernes pensaba ser. Le dolía la vida como ningún mortal lo podría soportar. Era el capullo del poeta que como la mariposa saldría al vuelo. ¿Y moriría tan joven como las hacen las mariposas? Nadie lo sabía.