CARICIAS DEL ATARDECER
Como la caricia del suave filo de una espada
baja la antigua brisa que acaba de besar las ásperas rocas de la sierra
y ahora me besa a mi fundiéndome en su todo universal
Me envuelve con mansedumbre ardorosa
y me reclama la interpretación de sus músicas
en este heterodoxo ocaso disfrazado de pantomima chinesca.
Abajo el mar hace suyas las reivindicaciones de los pescadores de perlas
y abandonando los prestigios que ensalzan a las rocosas rompientes
se entrega al callado musitar del que proceden sus rumores.
Las ateridas caracolas los recogen en su concavidad laberíntica
y las entrega al amante adormecido por el canto de una sirena
el aroma de los pinos embalsama el cadáver de quien no habitará la noche.
Es difícil alojarse en este espacio sin paradigmas ni cubículos de fieras
viniendo desde las inhóspitas soledades boreales
y habiendo bebido las mil sangres que la sodomía ha derramado.
Es difícil, sí, hacerlo sin la presencia de ojos excavados por las olas
ojos de ámbar caducos con sus visiones sesgadas
trasminados por suntuosas bailarinas que ofrecen sus vientres ágiles.
Voluntariosas oropéndolas deshojan los rosarios lacrimosos
que laten todavía en las ofrendas de las últimos holocaustos
No les intimidan los graznidos de los buitres como siniestros contrapuntos
como lo es el mar del desierto que nunca conoció.
Allí, en el desierto de sinuosos perfiles, danzan maniquíes descoyuntados
buscando entre los detritos las almas de los humanos como pulsiones de la nada.
Una recurrente metempsícosis como eslabón o susurro de una imprevisible eternidad
y aquellos maniquíes descoyuntados como residuo de la grandeza pasada.
Mientras a mí me envuelve la brisa perfumada por los alcoholes del aroma de los pinos
aunque yo en mis postreros deseos te invoco a tí mi hetaira delicada
mi indulgente poseedora relámpago refulgente como la ola que me recluyó
aquí en esta playa, atisbo compasivo del desierto de los prófugos.
Ilust.: Henri Matisse. Collage.
Como la caricia del suave filo de una espada
baja la antigua brisa que acaba de besar las ásperas rocas de la sierra
y ahora me besa a mi fundiéndome en su todo universal
Me envuelve con mansedumbre ardorosa
y me reclama la interpretación de sus músicas
en este heterodoxo ocaso disfrazado de pantomima chinesca.
Abajo el mar hace suyas las reivindicaciones de los pescadores de perlas
y abandonando los prestigios que ensalzan a las rocosas rompientes
se entrega al callado musitar del que proceden sus rumores.
Las ateridas caracolas los recogen en su concavidad laberíntica
y las entrega al amante adormecido por el canto de una sirena
el aroma de los pinos embalsama el cadáver de quien no habitará la noche.
Es difícil alojarse en este espacio sin paradigmas ni cubículos de fieras
viniendo desde las inhóspitas soledades boreales
y habiendo bebido las mil sangres que la sodomía ha derramado.
Es difícil, sí, hacerlo sin la presencia de ojos excavados por las olas
ojos de ámbar caducos con sus visiones sesgadas
trasminados por suntuosas bailarinas que ofrecen sus vientres ágiles.
Voluntariosas oropéndolas deshojan los rosarios lacrimosos
que laten todavía en las ofrendas de las últimos holocaustos
No les intimidan los graznidos de los buitres como siniestros contrapuntos
como lo es el mar del desierto que nunca conoció.
Allí, en el desierto de sinuosos perfiles, danzan maniquíes descoyuntados
buscando entre los detritos las almas de los humanos como pulsiones de la nada.
Una recurrente metempsícosis como eslabón o susurro de una imprevisible eternidad
y aquellos maniquíes descoyuntados como residuo de la grandeza pasada.
Mientras a mí me envuelve la brisa perfumada por los alcoholes del aroma de los pinos
aunque yo en mis postreros deseos te invoco a tí mi hetaira delicada
mi indulgente poseedora relámpago refulgente como la ola que me recluyó
aquí en esta playa, atisbo compasivo del desierto de los prófugos.
Ilust.: Henri Matisse. Collage.
Última edición: