¡Vaya...!
Es la hora en que reinan los sonidos,
por lo que veo...
Pies arrastrándose
tras la puerta del closet,
después la cisterna, arrolladora...
Y en la cocina, luego,
un vaso de agua
en parábola de agudos, que se cierra
con el último chorro escandaloso
que golpea el zinc
del fregadero.
Y allí...en el rincón menos olvidado
los restos de nuestra cena;
cena de frustrados propósitos;
de manifiestos y torpes deseos
que ya apestan...
Y esa copa..., tu copa, la copa
donde envejece rancio ese carmín
que insulta mis recuerdos.
Insolente y vítreo testimónio
de que ella fué la única
a quien tus labios, por apenas nada,
regalaron su único beso...
(Horace)
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