Carta a la abuela

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Choco

Poeta recién llegado
Con tus manos de tierra pintas el aroma de mi pueblo,
Que reside en mi memoria, como el agua en un Toborochi,
Y es que yo si me acuerdo muy bien de los recuerdos,
De nosotros en la plaza entre flores color gris.

Flores que eran antes blancas y puras,
Y ahora manchadas por la distancia que se satura.
Pero dios me jura que el tiempo da vueltas como el viento,
Y tarde o temprano, Dios sabe, volveremos a vernos.

Nos Tomaremos un té afuera de esa casa,
Que de los buenos tiempos, al parecer, nunca se escapa.
Y mientras me pláticas, los silbidos de la hamaca;
Se convierten en la llave recordatoria de esta carta.

Carta en forma de memoria. Aleatorias
entre tantas buenas, iluminadas por Dios y su gloria.
Gloria que le da vida al guaraní… oh, mire aquí,
Otra llave que me hace un bello recuerdo de ti.
 
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Choco,

Este poema construye algo que los buenos poemas de ausencia siempre intentan: convertir la distancia en presencia. No es nostalgia pasiva — es un acto de voluntad, una carta que se escribe precisamente porque el encuentro aún no ha ocurrido.

Lo que más me detiene es el Toborochi. Esa imagen de guardar agua en el tronco del árbol — como reserva, como vida que espera — dice en una sola imagen lo que llevaría párrafos explicar: que la memoria de la abuela no se evaporó, sino que se almacenó adentro, lista para cuando llegue la sed.

Con tus manos de tierra pintas el aroma de mi pueblo

Esta sinestesia de apertura mezcla el tacto, el olor y la acción pictórica en un solo trazo, y funciona porque las manos de la abuela son literalmente eso: las que amasaron, cultivaron, tejieron ese pueblo que hoy se recuerda desde lejos.

La estructura circular — carta que habla de cartas, llave que abre llaves — le da al poema una forma que imita al recuerdo mismo, que siempre regresa a donde empezó. Y esa última irrupción del guaraní, casi como un guiño cómplice entre los dos, cierra con una intimidad que no necesita traducción.

Sigue escribiéndole a ella.
 
Este poema transforma el recuerdo en un territorio sagrado. La figura de la abuela representa la raíz que sostiene la identidad, mientras que los objetos cotidianos se convierten en llaves capaces de abrir las puertas de la memoria. Es un canto al amor familiar, a la tierra natal y a esos vínculos que el tiempo puede alejar, pero nunca borrar.

Bella poesía

Saludos cordiales
 
La ausencia de la abuela reflejada en el silbido de la hamaca, una imagen que nos transporta con todos nuestros sentires. El encanto doloroso de la partida y el recuerdo de un ser con el que anhela reencontrarse.
Me quedo con esta oración:

Y mientras me platicas, los silbidos de la hamaca;
Se convierten en la llave recordatoria de esta carta.

Saludos
 

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