danie
solo un pensamiento...
¿Los poetas le escriben a la luna? Eso es un hecho, como también le escriben al mar vistiéndola de mujer y cambiando su sexo, a la noche que pondera a las sombras, a las estrellas y los astros con su lumbre de musas.
Pero hay poetas, particularmente, que sólo le escriben a la luna, no voltean sus ojos hacia otros elementos, son devotos y enamoradizos de la Selene nocturna.
Estimada luna:
Pero hay poetas, particularmente, que sólo le escriben a la luna, no voltean sus ojos hacia otros elementos, son devotos y enamoradizos de la Selene nocturna.
Estimada luna:
........Te escribo estas líneas para decirte cuanto me apasionas con tu semblante brillante, que alumbra a mis simples versos, desde la ventana de la noche, con tus ojos de astros y tu sonrisa envuelta en pétalos de damas de noche, con tu celaje perfumado que conquista a mis sueños. Sí, tiene perfume tu figura y, yo, lo huelo en el horizonte, por lo ancho y largo de la tierra, sin importar lo lejos.
Es que, estimada luna, tú eres mi único símbolo de metáfora adyacente que libera a mi corazón de un candado de helechos, eres mi única runa que puedo escribir al revés y al derecho con los ojos cerrados y sólo pensando en tu glorioso espejo.
Tal vez muchos piensen que estoy demente, que soy un loco al que un día le dieron demasiada cuerda, pero en verdad no me importa lo que muchos piensen siempre y cuando, tú, en mis noctívagas ilusiones estés presente.
Creo que la historia comienza desde momentos inmemoriales, desde que me hipnotizaste con tu diana de seráficas nanas cantadas sobre mi cuna y así me besaste con tus labios de musa; tal vez fuiste hasta la torre más alta para rescatarme de la sombra más oscura de mi soledad sin sueños dándome un poco de esperanza diurna; pero, como sea que haya comenzado esta historia, los efectos son muy contundentes: me has flechado con tu saeta de Cupido clavada en el centro de mi pecho.
Me gusta contemplarte, estimada luna, en el vacío absoluto del reposo de mi mente, en la perdurable existencia del cosmos detenido en el tiempo, en el canto del silencio con sus ecos de cigarras veraniegas. Me gusta descansar sobre la ladera y su soto mirando tus ojos, luceros con gallarda presencia que revelan la cortina de mi insomnio. Tal vez es una ilusión, una quimera que me hace soñar despierto, pero no tiene nada de malo vivir una ilusión con baldes de arroz y clarinetes del cielo.
Así sonará nuestra marcha nupcial, amada mía, hasta que la muerte nos separe, aunque sé que, tú, eres inmortal y yo soy un simple viajero del fugaz momento; por eso te contemplo todas las noches con este suspiro como si fuera el último aliento. Y en las noches oscuras, en demasía, en las que no sales a mostrar tu rostro fuera del balcón, salgo a buscarte hasta los infinitos recovecos del firmamento, como un loco que se muere por ver al plenilunio y su hechizo reflejado en las pupilas del reencuentro.
Tal vez muchos piensen que estoy demente, que soy un loco al que un día le dieron demasiada cuerda, pero en verdad no me importa lo que muchos piensen siempre y cuando, tú, en mis noctívagas ilusiones estés presente.
Creo que la historia comienza desde momentos inmemoriales, desde que me hipnotizaste con tu diana de seráficas nanas cantadas sobre mi cuna y así me besaste con tus labios de musa; tal vez fuiste hasta la torre más alta para rescatarme de la sombra más oscura de mi soledad sin sueños dándome un poco de esperanza diurna; pero, como sea que haya comenzado esta historia, los efectos son muy contundentes: me has flechado con tu saeta de Cupido clavada en el centro de mi pecho.
Me gusta contemplarte, estimada luna, en el vacío absoluto del reposo de mi mente, en la perdurable existencia del cosmos detenido en el tiempo, en el canto del silencio con sus ecos de cigarras veraniegas. Me gusta descansar sobre la ladera y su soto mirando tus ojos, luceros con gallarda presencia que revelan la cortina de mi insomnio. Tal vez es una ilusión, una quimera que me hace soñar despierto, pero no tiene nada de malo vivir una ilusión con baldes de arroz y clarinetes del cielo.
Así sonará nuestra marcha nupcial, amada mía, hasta que la muerte nos separe, aunque sé que, tú, eres inmortal y yo soy un simple viajero del fugaz momento; por eso te contemplo todas las noches con este suspiro como si fuera el último aliento. Y en las noches oscuras, en demasía, en las que no sales a mostrar tu rostro fuera del balcón, salgo a buscarte hasta los infinitos recovecos del firmamento, como un loco que se muere por ver al plenilunio y su hechizo reflejado en las pupilas del reencuentro.