cesarlucil
Poeta que considera el portal su segunda casa
A mis muertos
En las tardes sostengo la sonrisa tardía
y me paro en las horas cuando todo formaba
una alegre paleta de colores y luces,
una simple cruzada por caminos sin plomo.
Me distingo cantando a la luz de la luna
como cuando la sangre no tenía leyendas,
y en los huecos del tiempo una sombra desliza
su podrida fragancia de hospitales y losas.
Yo crecí con el agua, con la tierra,
con el viejo organillo del invierno y sus tristes
y sus cálidas voces de campanas al aire,
pero luego las manos soportaron las lágrimas,
sostuvieron la carne, orificios,
una hachuela que busca la razón de la muerte,
y encontré que a mi padre lo asaltaban las dudas
mientras mi madre hablaba de venganzas y rezos.
Cada tumba sin nombre me detiene,
se refleja, violenta,
y en su fondo recojo mil promesas y sueños;
cada noche me gritan las costuras
de esos cuerpos sin vida,
sus señas de cigarros y tiros en las sienes,
el terror detenido entre sus cuencas.
Ahora justo, cuando me desvisto
y diciembre desploma su temblor en las calles,
me sorprende esta mierda,
este grito desnudo de sudores helados,
esta rabia que impide, que me rompe,
que me deja sin lumbre,
sin aire,
solo,
con el canto marchito, apretado entre dientes.
En las tardes sostengo la sonrisa tardía
y me paro en las horas cuando todo formaba
una alegre paleta de colores y luces,
una simple cruzada por caminos sin plomo.
Me distingo cantando a la luz de la luna
como cuando la sangre no tenía leyendas,
y en los huecos del tiempo una sombra desliza
su podrida fragancia de hospitales y losas.
Yo crecí con el agua, con la tierra,
con el viejo organillo del invierno y sus tristes
y sus cálidas voces de campanas al aire,
pero luego las manos soportaron las lágrimas,
sostuvieron la carne, orificios,
una hachuela que busca la razón de la muerte,
y encontré que a mi padre lo asaltaban las dudas
mientras mi madre hablaba de venganzas y rezos.
Cada tumba sin nombre me detiene,
se refleja, violenta,
y en su fondo recojo mil promesas y sueños;
cada noche me gritan las costuras
de esos cuerpos sin vida,
sus señas de cigarros y tiros en las sienes,
el terror detenido entre sus cuencas.
Ahora justo, cuando me desvisto
y diciembre desploma su temblor en las calles,
me sorprende esta mierda,
este grito desnudo de sudores helados,
esta rabia que impide, que me rompe,
que me deja sin lumbre,
sin aire,
solo,
con el canto marchito, apretado entre dientes.
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