Es un muy encendido poema amoroso, no comulga ni conjuga con la frugalidad de un simple beso, no, se expande para alcanzar cotas extremas, derribar hitos y muretes y allí acampar, pernoctar, hincar la bandera de la victoria. Porque prometes guerra en tus versos, liza, contienda, desafío y entrega. Las armas prometen ser blandidas con la incisión de la lujuria, con agudeza el estoque de cada una de ellas en la diana donde el amor y la pasión derrochada puedan ser clavados. No es martirio, pero sí dolorosamente se fragua el rápido caldo de esta batalla, promesa hecha con el verbo "amar" para que no quede centímetro cuadrado en la piel del rival sin sudor.
Es buen poema, ardido, después, eso sí, de ser leído. Un abrazo, Elizabeth, me alegro de regresar por estas tierras.