buhita
Poeta asiduo al portal
Emanaron agudas como aspergiendo de fulgor
lozanas lágrimas, que a contraluz resbalaban
y por mis mejillas delataban un vestigio de alegría.
Aparecieron como intérpretes señeras pero sutiles,
por vez primera de un alborozo irreprimible.
Mi corazón ansiaba anidarse en mis pupilas,
desasosegado, latía por el deleite que no veía;
parecía vivir lo que mis ojos inverosímil percibían.
Poco a poco me fui anquilosando ante el encanto
que infinito y vasto sobre mi alma se fue posando.
¡Caracas! Esplendorosa ciudad que anonadas expectativas;
despojada del tiempo te viví perpetua, inefable belleza.
Entumeciste todo a mí alrededor implorando atención,
protagonizando esta noche un desboque de delirio y pasión.
Poseí tu colina, esa que inmersa de lobreguez se distinguía,
como un trazo de carbón en un lienzo blanquecino
que aunque ínfimo, colosal abarca los sentidos.
Deploré cada destello; de presencia millones habían;
pude discernir lo trascendental de los seres que te habitan
y tras utopías alucinar la figura de individuos.
Ellos son, y mantienen en arcano sus fantasías.
Tras la pesquisa insaciable de admirar toda pizca
se reveló de tu noreste un sendero altruista;
él, me encauzó entre parpadeos a tu firmamento.
Lo se, pido perdón por desvanecer y colarme en tus vientos.
Troqué mi bálsamo al inhalar de ti la esencia virulenta,
divina, pero tan intensa que vislumbró mi demencia.
Y con el aire ajusté tu cadena. A la negrura te entierras
camuflando la opulenta riqueza de naturaleza.
Te vertí en el calor brioso de mi vientre,
destilando frenesí te amé embriagada de vehemencia,
la misma madrugada que comprendí mi existencia
al ser y hacer mía mi alma de complemento ¡perfecta!.