Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
Hace algún tiempo, cuando Cecilia era pequeña, las tardes de invierno, se volvían largas, tediosas y frías. Alguno de esos días, sin embargo, se convertían en algo especial, cuando la mamá de Cecilia preparaba mate caliente y torta para merendar. Entonces su padre, encendía la chimenea de leña que había en el cuarto de estar y para hacerlo utilizaba las piñas secas que habían recogido a finales del verano. Las piñas se encendían muy pronto y comunicaban su fuego a la leña, mientras desprendían un suave aroma a resina y se caldeaba la habitación. Tras el ritual del mate y la torta, indefectiblemente Cecilia se subía a las rodillas de su padre y con voz melosa le pedía que contase alguna historia.
En el día que nos ocupa, su padre decidió narrarle una antigua historia de un hada chiquita a quien le encantaba protestar. Pero no adelantemos acontecimientos.
Su padre comenzó: ya sabes que muchas ocasiones te he hablado de la Tierra de Oberón; ésta de hoy también va a ser una historia de nuestro mundo preferido.
Habrás de saber que en el rincón de los abedules y de los robles jóvenes, vivía un hada pequeñita de talla, pero de gran corazón que se llamaba Violet. A pesar de su pequeño tamaño, ya tenía sus alas y le habían encomendado cuidar de los robles jóvenes. Los abedules ya estaban crecidos y lucían muy hermosos, por eso mismo, tenía que cuidar de los robles que estaban engrosando su tronco y echando las primeras ramas. Había algunos robles más añosos que enseñaban a los más jovencitos cómo tenían que ser sus hojas o cómo se preparaban las nutritivas y ricas bellotas.
A Violet le encantaba sentirse ocupada. Vigilaba los troncos y procuraba saber cuanto iban engrosando cada uno. Se sabía el número de hojas que tenían cada uno de los jóvenes robles y se alegraba infinito cuando alguno de ellos conseguía producir una bellota. Pero tanta dedicación acababa por preocuparla y discutía con los pájaros que querían anidar en sus robles y los mandaba para los robles más crecidos y regañaba a las orugas que querían enseñorearse de sus árboles.
Una mañana de mediados del verano, observó que sus árboles habían echado sus primeras bellotas. Eran tersas, suaves, bonitas y Violet pensó que eran como un tesoro. Imaginaros su disgusto cuando unos días después se encontró con que faltaban todas las bellotas. Se enfadó muchísimo y por más que miró y remiró no las pudo hallar. Pasados unos días, nuevas bellotas surgieron en sus árboles y decidió quedarse vigilando para ver si alguien se las llevaba. No tuvo que esperar mucho cuando vio cómo varias ardillas subían por los troncos y se hacían con las bellotas. Las llamó de todo, quería que dejasen inmediatamente las bellotas, pero las ardillas no la hicieron caso.
Con gran enfado decidió ir al Palacio de Luz y hablar con los reyes, porque en su opinión, lo que había ocurrido no podía volverse a repetir.
Cuando estuvo frente a Titania y Oberón les contó lo sucedido y sugirió que se deberían tomar medidas. Oberón sonrió y le comentó: Mañana voy a ir contigo al rincón de los abedules y veremos lo que hay que hacer.
Al día siguiente los dos se fueron cuando anochecía a la zona de los robles jóvenes. De nuevo vieron a las ardillas coger las bellotas, pero Oberón le dijo a Violet que no comentase nada y que iban a seguir a las ardillas a ver qué hacían con las bellotas. Observaron que las iban metiendo en troncos de árboles, en el suelo bajo montones de hojas, o en agujeros de madrigueras abandonadas por alguno de los roedores que por allí vivían.
Una vez visto todo esto, Oberón le dijo a Violet: Ves, las utilizan para comer y les sirven como alimento guardado para cuando llegue el duro invierno. Pero siempre hay alguna bellota de la que no se acuerdan o que no la necesitan y esa, al próximo año dará un brote y de él acabará saliendo un nuevo roble. La mayoría de los robles que tú cuidas, nacieron así.
Violet se quedó pensativa y se dio cuenta de lo equivocada que había estado. Agradeció a Oberón que la hubiese acompañado y las explicaciones que le había dado. Volvió a su parte del bosque, donde cuidaba a los robles y dejó de preocuparse por las ardillas.
A Cecilia le encantaba escuchar estas historias de boca de su padre y esas mismas historias se le fueron grabando en la memoria.
Ahora Cecilia tiene una nieta, curiosa y preguntona. Una niña espabilada y feliz. Muchas tardes las pasa con ella y son tardes de mate, torta y de cuentos con su nieta en las rodillas.
En el día que nos ocupa, su padre decidió narrarle una antigua historia de un hada chiquita a quien le encantaba protestar. Pero no adelantemos acontecimientos.
Su padre comenzó: ya sabes que muchas ocasiones te he hablado de la Tierra de Oberón; ésta de hoy también va a ser una historia de nuestro mundo preferido.
Habrás de saber que en el rincón de los abedules y de los robles jóvenes, vivía un hada pequeñita de talla, pero de gran corazón que se llamaba Violet. A pesar de su pequeño tamaño, ya tenía sus alas y le habían encomendado cuidar de los robles jóvenes. Los abedules ya estaban crecidos y lucían muy hermosos, por eso mismo, tenía que cuidar de los robles que estaban engrosando su tronco y echando las primeras ramas. Había algunos robles más añosos que enseñaban a los más jovencitos cómo tenían que ser sus hojas o cómo se preparaban las nutritivas y ricas bellotas.
A Violet le encantaba sentirse ocupada. Vigilaba los troncos y procuraba saber cuanto iban engrosando cada uno. Se sabía el número de hojas que tenían cada uno de los jóvenes robles y se alegraba infinito cuando alguno de ellos conseguía producir una bellota. Pero tanta dedicación acababa por preocuparla y discutía con los pájaros que querían anidar en sus robles y los mandaba para los robles más crecidos y regañaba a las orugas que querían enseñorearse de sus árboles.
Una mañana de mediados del verano, observó que sus árboles habían echado sus primeras bellotas. Eran tersas, suaves, bonitas y Violet pensó que eran como un tesoro. Imaginaros su disgusto cuando unos días después se encontró con que faltaban todas las bellotas. Se enfadó muchísimo y por más que miró y remiró no las pudo hallar. Pasados unos días, nuevas bellotas surgieron en sus árboles y decidió quedarse vigilando para ver si alguien se las llevaba. No tuvo que esperar mucho cuando vio cómo varias ardillas subían por los troncos y se hacían con las bellotas. Las llamó de todo, quería que dejasen inmediatamente las bellotas, pero las ardillas no la hicieron caso.
Con gran enfado decidió ir al Palacio de Luz y hablar con los reyes, porque en su opinión, lo que había ocurrido no podía volverse a repetir.
Cuando estuvo frente a Titania y Oberón les contó lo sucedido y sugirió que se deberían tomar medidas. Oberón sonrió y le comentó: Mañana voy a ir contigo al rincón de los abedules y veremos lo que hay que hacer.
Al día siguiente los dos se fueron cuando anochecía a la zona de los robles jóvenes. De nuevo vieron a las ardillas coger las bellotas, pero Oberón le dijo a Violet que no comentase nada y que iban a seguir a las ardillas a ver qué hacían con las bellotas. Observaron que las iban metiendo en troncos de árboles, en el suelo bajo montones de hojas, o en agujeros de madrigueras abandonadas por alguno de los roedores que por allí vivían.
Una vez visto todo esto, Oberón le dijo a Violet: Ves, las utilizan para comer y les sirven como alimento guardado para cuando llegue el duro invierno. Pero siempre hay alguna bellota de la que no se acuerdan o que no la necesitan y esa, al próximo año dará un brote y de él acabará saliendo un nuevo roble. La mayoría de los robles que tú cuidas, nacieron así.
Violet se quedó pensativa y se dio cuenta de lo equivocada que había estado. Agradeció a Oberón que la hubiese acompañado y las explicaciones que le había dado. Volvió a su parte del bosque, donde cuidaba a los robles y dejó de preocuparse por las ardillas.
A Cecilia le encantaba escuchar estas historias de boca de su padre y esas mismas historias se le fueron grabando en la memoria.
Ahora Cecilia tiene una nieta, curiosa y preguntona. Una niña espabilada y feliz. Muchas tardes las pasa con ella y son tardes de mate, torta y de cuentos con su nieta en las rodillas.
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