XANA
Poeta fiel al portal
A veces me duele entenderte.
¡Tu, tan egregio, César,
para mi inope alma de plebeyo!
Y en ese desesperar,
que se me hace cuesta arriba,
me siento bendito aprendiz
que, asombrado, contempla
por primera vez, la figura
y el porte del maestro;
un pobre pilluelo que, sin remedio,
pudiera perder la fe
y, al tiempo, la cabeza.
Me maravilla la belleza
con que se abriga el caos
de tus palabras,
¡hay tanta hermosura y dignidad
en cada frase impresa,
en la riqueza del vocablo,
-febril aleación de oro, cobre,
plata y estaño-
en el ágil y, a la vez, abrupto
y delicado léxico,
-lecho intrincado, sutil, recio,
furibundo, húmedo, cálido... -
primus inter pares, César!
Con la sencillez de mano abierta,
con el aplomo de una cierta apostura
de viejo caballero castellano,
que subliman cualquier necesidad
de entendimiento del que,
necio de mi, pudiera carecer.
Inmortal magnitud es la belleza,
tamizada por el canon de los años,
limpia de polvo y otras asperezas
que, en méritos de tu mano César,
en tus versos se hacen dogma de fe
las letras, las palabras y las frases.
Una deslumbrante estética
con vitola de acontecimiento humano.
César, nombre de emperador romano,
de Santiago de Chuco, inca
de veinte o más soles iluminado,
me asombra lo que puede bullir
en tu cabeza para luego florecer en tu mano.
Del laurel de Roma, peruano,
tu testa coronada, capa y bastón,
si acaso, no sé, el pelo entrecano,
asido sin descuido a la forma
y de la palabra a su dictado.
Te designo, sin tibieza, profeta del verso,
y te acuso de engrandecer
la lengua castellana, así como
de insuflar el alma a la condición humana.
Item más, de hacer fermentar
en mi torpe, tosca y desigual mano,
la osadía de, sobre estos recios
aunque tímidos renglones, hilar
mis versos con los que no te hago
virtud ni pago.
¡Tu, tan egregio, César,
para mi inope alma de plebeyo!
Y en ese desesperar,
que se me hace cuesta arriba,
me siento bendito aprendiz
que, asombrado, contempla
por primera vez, la figura
y el porte del maestro;
un pobre pilluelo que, sin remedio,
pudiera perder la fe
y, al tiempo, la cabeza.
Me maravilla la belleza
con que se abriga el caos
de tus palabras,
¡hay tanta hermosura y dignidad
en cada frase impresa,
en la riqueza del vocablo,
-febril aleación de oro, cobre,
plata y estaño-
en el ágil y, a la vez, abrupto
y delicado léxico,
-lecho intrincado, sutil, recio,
furibundo, húmedo, cálido... -
primus inter pares, César!
Con la sencillez de mano abierta,
con el aplomo de una cierta apostura
de viejo caballero castellano,
que subliman cualquier necesidad
de entendimiento del que,
necio de mi, pudiera carecer.
Inmortal magnitud es la belleza,
tamizada por el canon de los años,
limpia de polvo y otras asperezas
que, en méritos de tu mano César,
en tus versos se hacen dogma de fe
las letras, las palabras y las frases.
Una deslumbrante estética
con vitola de acontecimiento humano.
César, nombre de emperador romano,
de Santiago de Chuco, inca
de veinte o más soles iluminado,
me asombra lo que puede bullir
en tu cabeza para luego florecer en tu mano.
Del laurel de Roma, peruano,
tu testa coronada, capa y bastón,
si acaso, no sé, el pelo entrecano,
asido sin descuido a la forma
y de la palabra a su dictado.
Te designo, sin tibieza, profeta del verso,
y te acuso de engrandecer
la lengua castellana, así como
de insuflar el alma a la condición humana.
Item más, de hacer fermentar
en mi torpe, tosca y desigual mano,
la osadía de, sobre estos recios
aunque tímidos renglones, hilar
mis versos con los que no te hago
virtud ni pago.