Samuel17993
Poeta que considera el portal su segunda casa
Cisnes de cuello largo
El escritor, digamos que es un enfermo, sobrevive del escribir, a parte de las editoras que son el amargo empleador que nos veja. Es difícil escribir, a veces, sobre todo si se tiene una atadura mental. Pero, al igual que una atadura, una gran idea es como la hiedra que se enreda o la serpiente que se enrosca a su presa, a su objetivo, a su comida, que será cualquier pobre animal aunque, otras veces, caza a un gran rival como un León de fiero o el silencioso Tigre.
Escribo, por fin, esta cosa sin valor que sé que al final nada vale, el viento se lo llevará todo cuando nosotros no estemos. Hoy, aquí, como ayer o el mañana estoy debatiendo con Cronos o, en mi cabeza, con Atenea que, a veces, le brota un dulce sin culminar. Las hojas pasan por la máquina de escribir que, aun con los ordenadores, es un disfrute los ruidos sordos de las teclas y del pasador firmando esto que escribo que está clavado en mi cabeza, aunque estas mismas palabras no hayan sido exactamente pensadas así, en el mar de llamas de la meditación de estos días de tiempos de nubes negras que, ahora mismo, veo por la ventana y me hace encender la luz.
Los días pasan cuando, sin razón, no hay razones para esperanzas. Paso por los bares en la mayor parte del tiempo, no mentiré, y el coctel, que no entiendo como mi cuerpo puede aguantar, de diferentes alcoholes pasa por mi garganta sedienta de evasión, algunos se dan a la huida del mundo de mil formas pero yo soy más práctico que ninguno porque la bebida utiliza la fácil imagen de la vida y las demás drogas son más cancerígenas.
Y hoy, terminando la jornada salgó del bar con la intención de ir a casa. Pasó entre los gigantes de cementos, como los que confundiera Don Quijote, y antorchas de un fuego casi del Olimpo. Las calles se deforman como una pitón, que queriendo defenderse estrangula a su fácil presa. Las flores de los balcones, lo más vivo de lugar, se secan. Los vagabundos prostituyen su alma en el suelo y las prostitutas de bajos fondos piden limosnas. Los pies se me abrazan en un sutil amago de deseado abrazo. Los colores forman un arco iris de luces que se espanta por el aroma de las fábricas cercanas mientras lagos de aceite, salidos de la lluvia del tubo de escape, atrapan la aurora. Los coches, como visiones proféticas, emanan un sutil aire olímpico como si fueran Hermes para un destino en una misión de gran peligro para la humanidad que ser el siervo de algún señor feudal apunto de la quiebra. Las ventanas y espejos parecen la visión grotesca de la verdad en donde la gente se deforma mirándose en ellos con cara de satisfechos y alguna mujeres, con cara de un cansancio que no se nota en las venas de la cara sino en su expresión y que no se ve muy agraciada, se ve a la misma Venus. Parece que oigo alguna grulla u otro pájaro pero no era unas pájaras cotillas de un balcón por encima de mi cabeza. Las cucarachas, como si se tratasen de las de un relato de Kafka, empiezan a hablar de su mísera existencia de seres asquerosos y que desprecian todos. Todo son delirios del alcohol, una ilusión muy utópica.
Veo un cartel de un disimulado lugar para las “heteras” que pone club. Algunos borrachos, como yo, entran en la facilidad del ser un privilegiado; estos nobles luchan con el gran dragón bursátil que es hoy en día gran enemigo, porque en Hispania “no trabaja ni Deu”, mientras se enfrentan al resto de los enemigos de la banca como los gnómicos números de cuentas, gigantes bancos, trasgos inversores y los sapienciales duelos entre inversores pugnando en duelos de gritos como en la antigua Grecia. Mis pies dirigidos por una fuerza interna, más propios del varón como el toro que va corneando por la vida, de entre las entrañas y la zona que está entre las piernas me incitan a entrar en una mezcla de deseo y soledad, y el alcohol con sus efectos que me agudizan todo los sentidos o sensaciones como esa luz del cartel hipnotizándome como Circe antes de convertirme en un cerdo.
Las Venus pasan por el lugar entre las miradas en el teatro de esa historia, que como la mías son prostituidas a las editoras, se quitan el inefable decoro y barrera del idílico amor que fantasean todas y, aun en su actitud de simios en el cortejo de reproducción, los clientes también lo hacen.
Las jóvenes mujeres se reparten papeles como Calíope que está siempre, aun escondida, muy cotizada y que alguna vez soy cliente de ella, y mi habitual Erato que es prácticamente exclusividad de gente como yo.
Subo de la mano de Erato a una habitación de arriba del “club”. Un cuadro con un cisne decora la habitación donde Erato y yo nos vemos. El cisne, dibujado en su eterno arte, es parte del canto o, más bien, la poesía coral que emana de entre la boca de los dos. Su piel dorada y deseada es tocada por mis dedos que se pegan a su piel, y su pelo y sus ojos azabaches son como una isla perdida, como si yo me quisiera perderme en ella, en la que me zambullo danzamos al son de la música de Baco.
Acabado el canto, ella se enrosca en mí, ya habituada a nuestros encuentros. Su voz, como un eco lejano, me susurra su gran vida de juguete y sus alientos que me rompen el corazón porque sé que nunca podremos vivir, ni los dos juntos, sin que nos prostituyan por una miseria como personas normales pues somos unos espantapájaros de la sociedad que vive en el Edén del fango, como el que dice Aristóteles salimos, de la ignorancia y las manzanas del árbol de la ciencia.
- Rubén…
- ¿Qué Erato?
- Mi trabajo es el que es pero no por eso significa que cuando estoy contigo es el momento en cual me siento persona y feliz porque contigo me haces sentir bien y reírme. No te hagas más daño. El alcohol e incluso yo somos el veneno más doloroso que puedas encontrar porque sabes muy bien que soy… Deberías cuidarte más. –dijo Erato mientras me recordaba eso a una canción de Oasis, Stop crying your heart.- Pareces, aun con tus defectos, una persona decentes y creo que aun sabiendo que te jodes a ti mismo, te da igual porque primero; es una forma de no afrontar de cara tus problemas, segundo; haces esto porque te da pie a decir que todo es una mierda.
- No creo que sea buena persona más bien, simplemente, soy persona y para nada buena y sobre esos supuestos venenos, diré, que son, aun siendo mi veneno, es de los que me vivo y tú no eres ningún veneno... Y en cuanto de lo demás; a la primera razón te diré que es verdad, a la segunda discrepo.
- Eres como un niño al que no le dan una golosina y se enrabieta con el mundo.-Sentía que Erato empezaba a enfadarse-
- Pero es que no es verdad que dicen que “El filósofo piensa como un niño que se lo pregunta todo” y el poeta dice lo que siente. Pues aberración como esta es en la que me sitúo yo, realista e idealista frustrado. Un esperpento.
Erato me dejó irme con una cara que no sabía si ponerse de enfado o de tristeza por mí, lo que me entristece mucho más por crearla tal sensación. Salí del templo de la diosa Venus a tientas pues al final acabe más borracho de cómo entre. Y no sabía si llegaría sano a casa.
Las aceras se alejaban y los coches se acercaban más y más. Los árboles secos y otoñales se me querían abrazar pero, en realidad, me querían matar. Las gentes parecían chocar conmigo e intentaba esquivarlas sin poder evitarlo. Una maceta, caída de un balcón del cielo, con una flor roja marchita se me estampó en la cabeza dejándome en un estado casi vegetal y de un mareo en que no podía sostener. Ante ese estúpido ambiente lamentable creado, me choque varias veces con alguna persona hasta caerme una vez de culo.
Al final, sin poderme aguantar en tal estado, me acurruque como un niño en la fría acera intentando encontrar el calor en los huesos, alejar el calor de las entrañas por el combinado digerido y dormir la mona como si fuera otro vagabundo más.
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