D. Corviliano Ojeda, doctor en Psiquiatría, desde la muerte de su esposa se hallaba atascado en lo que él y sus colegas llamaban: la fase de negación del duelo; sus amigos aceptaban sus excentricidades como un proceso lógico del mismo. Cada mañana que se dirigía a su consulta con aspecto desaliñado y ojeroso...iba de esmoquin y con una rosa en la mano, se empeñaba en atravesar los espejos que iba encontrando a su paso ante la mirada paciente y compasiva de sus vecinos.
Una tarde al regresar tras inútiles horas perdídas en su consulta vacía, subió directamente al ático donde vivía Juan, un joven pintor amigo de su mujer; tocó el timbre insistentemente, como si le urgiera; Juan, que abrió alarmado, quedó sorprendido al verle ante su puerta; Corviiliano siempre lo había ignorado y jamás le había devuelto un saludo, al contrario que su malograda esposa Valeria, una bellísima concertista de piano; con ella conectó desde el primer día que se encontró con sus ojos en el espejo del ascensor, ambos supieron desde aquél momento que estaban predestinados a amarse.
-Buenas tardes- dijo secamente Corviliano- Valeria me ha enviado a invitarle a cenar; a las nueve de esta noche, sea puntual; ¡ah!, y venga de esmoquin, la cena es de gala- y sin más, se giró sobre sus pasos y desapareció en el ascensor. Juan cerró la puerta asustado, no cabía duda de que este hombre estaba trastornado, demasiado sabía él que Valeria estaba muerta, se sentía agonizar lentamente sin su musa.
A las nueve en punto Juan, guiado por la curiosidad, acudió a la cita con su viejo y descolorido esmoquin
-Pase, pase, lo estamos esperando- dijo Corviliano con tono enérgico; Juan lo siguió expectante hasta el comedor; la cena estaba servida con esmero; se sentaron a ambos lados; Corviliano dirigió su mirada a la cabecera de la mesa:
-Bueno querida aquí lo tenemos como tú me pediste, esta vez no te ha fallado como aquella noche-Juan se sobresaltó ¿Con quien hablaba?... ¿Cómo había sabido lo de su cita con Valeria?
- Por cierto Juan- le dijo extendiendo con parsimonia la servilleta sobre sus piernas-¿Cómo va el retrato de mi mujer? lo habrá terminado después de tantos meses posando para usted- Juan se atragantó Y Corviliano le ofreció una copa de vino.
- Tranquilo,,.¡beba! ¡beba!- dijo dirigiéndose hasta él y dándole suaves golpecitos en la espalda- Juan apuró la copa de un golpe.
-Valeria está muy triste sin usted, me ha rogado que lo envíe junto a ella, le espera al otro lado del espejo- dijo, ante la mirada cada vez más extrañada de Juan -Y yo, amigo mío, la amo demasiado para negárselo en eso consiste el amor, Juan, en conceder aunque nos vaya la vida en ello.
- Juan sintió que la vista se le nublaba e intentó levantarse, pero las piernas no le sostenían, cayó sobre la mesa, sin fuerzas; lo último que vio fue a Corviliano levantar su copa para brindar dirigiéndose al espejo:; ¡Va por ti querida!- ...Y allí,, al otro lado del espejo, sentada en la cabecera de la mesa del comedor, estaba el espectro de Valeria, ataviada con un vestido de fiesta que dejaba sus hombros esqueléticos al descubierto, su rostro, que había perdido todo rastro de belleza, lucía una espantosa sonrisa; Juan trató inútilmente de emitir un grito de terror...
Una tarde al regresar tras inútiles horas perdídas en su consulta vacía, subió directamente al ático donde vivía Juan, un joven pintor amigo de su mujer; tocó el timbre insistentemente, como si le urgiera; Juan, que abrió alarmado, quedó sorprendido al verle ante su puerta; Corviiliano siempre lo había ignorado y jamás le había devuelto un saludo, al contrario que su malograda esposa Valeria, una bellísima concertista de piano; con ella conectó desde el primer día que se encontró con sus ojos en el espejo del ascensor, ambos supieron desde aquél momento que estaban predestinados a amarse.
-Buenas tardes- dijo secamente Corviliano- Valeria me ha enviado a invitarle a cenar; a las nueve de esta noche, sea puntual; ¡ah!, y venga de esmoquin, la cena es de gala- y sin más, se giró sobre sus pasos y desapareció en el ascensor. Juan cerró la puerta asustado, no cabía duda de que este hombre estaba trastornado, demasiado sabía él que Valeria estaba muerta, se sentía agonizar lentamente sin su musa.
A las nueve en punto Juan, guiado por la curiosidad, acudió a la cita con su viejo y descolorido esmoquin
-Pase, pase, lo estamos esperando- dijo Corviliano con tono enérgico; Juan lo siguió expectante hasta el comedor; la cena estaba servida con esmero; se sentaron a ambos lados; Corviliano dirigió su mirada a la cabecera de la mesa:
-Bueno querida aquí lo tenemos como tú me pediste, esta vez no te ha fallado como aquella noche-Juan se sobresaltó ¿Con quien hablaba?... ¿Cómo había sabido lo de su cita con Valeria?
- Por cierto Juan- le dijo extendiendo con parsimonia la servilleta sobre sus piernas-¿Cómo va el retrato de mi mujer? lo habrá terminado después de tantos meses posando para usted- Juan se atragantó Y Corviliano le ofreció una copa de vino.
- Tranquilo,,.¡beba! ¡beba!- dijo dirigiéndose hasta él y dándole suaves golpecitos en la espalda- Juan apuró la copa de un golpe.
-Valeria está muy triste sin usted, me ha rogado que lo envíe junto a ella, le espera al otro lado del espejo- dijo, ante la mirada cada vez más extrañada de Juan -Y yo, amigo mío, la amo demasiado para negárselo en eso consiste el amor, Juan, en conceder aunque nos vaya la vida en ello.
- Juan sintió que la vista se le nublaba e intentó levantarse, pero las piernas no le sostenían, cayó sobre la mesa, sin fuerzas; lo último que vio fue a Corviliano levantar su copa para brindar dirigiéndose al espejo:; ¡Va por ti querida!- ...Y allí,, al otro lado del espejo, sentada en la cabecera de la mesa del comedor, estaba el espectro de Valeria, ataviada con un vestido de fiesta que dejaba sus hombros esqueléticos al descubierto, su rostro, que había perdido todo rastro de belleza, lucía una espantosa sonrisa; Juan trató inútilmente de emitir un grito de terror...
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