FrancescoPiccolo
Poeta recién llegado
Pasear por la ciudad universitaria ha de ser así:
repentino, conquistado.
Los pliegues diario se abren
doblado el pliegue aquel
un pumabús ya dispuesto, entretejido
hacia el frío tardío y terco avanza.
Y la multitud estudiantil va a resonar
como en dispar festejo
con un ademán de levedad
dentro de las islas unamitas.
Mientras que la torre de rectoría ya descuella
suaves sus murales
su geometría es llamamiento matutino en la primeras jornadas
para uno, imprevisto peatón.
Afuera el viejo sol, el metro exhausto
adentro los predichos Universum, el espacio escultórico, insomnes y vistosos.
El cielo limpiando con su soplido
azuza todo
le permite oler al digno árbol
con un sorbo de vejez
sobre todo en consabidos inviernos sufribles.
En la biblioteca los volúmenes no migran
resguardan motas de polvo.
Mi porción completa se mueve en facultades que destacan
filosofía y letras saluda con su abrazo
qué le quedará -me pregunto- al momento de mi entrada.
En mi cartera acomodo veloz las monedas
acaricio los duros boletos del metro
destinados a la amnesia
y sonrío.
repentino, conquistado.
Los pliegues diario se abren
doblado el pliegue aquel
un pumabús ya dispuesto, entretejido
hacia el frío tardío y terco avanza.
Y la multitud estudiantil va a resonar
como en dispar festejo
con un ademán de levedad
dentro de las islas unamitas.
Mientras que la torre de rectoría ya descuella
suaves sus murales
su geometría es llamamiento matutino en la primeras jornadas
para uno, imprevisto peatón.
Afuera el viejo sol, el metro exhausto
adentro los predichos Universum, el espacio escultórico, insomnes y vistosos.
El cielo limpiando con su soplido
azuza todo
le permite oler al digno árbol
con un sorbo de vejez
sobre todo en consabidos inviernos sufribles.
En la biblioteca los volúmenes no migran
resguardan motas de polvo.
Mi porción completa se mueve en facultades que destacan
filosofía y letras saluda con su abrazo
qué le quedará -me pregunto- al momento de mi entrada.
En mi cartera acomodo veloz las monedas
acaricio los duros boletos del metro
destinados a la amnesia
y sonrío.
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