Camy
Camelia Miranda
Luz Machado (Ciudad Bolívar, 3 de febrero de 1916 - Caracas, 11 de agosto de 1999), fue una poeta, ensayista y diplomática venezolana. Galardonada con el Premio Nacional de Literatura en 1987.
Fue dirigente del Movimiento Feminista Venezolano, fundadora de la Asociación Venezolana de Escritores, del Círculo de Escritores de Venezuela y de la Sociedad Bolivariana.
Poemas de Canto al Orinoco (1953)
CLARO EN LA SELVA
Quedó la niebla atrás. Y la penumbra.
Aquí la soledad erige muros de vidrio triturándose,
crepitando en el incendio de su claridad destruida.
Su corazón sostiene un lirio de greda roja
y dos ventanas ebrias,
y por ellas
la selva es una inmensa mariposa de limo
con alas como anillos.
Reptiles y batracios repiten las líneas del vuelo en el pantano.
Cada rumbo seguido por los pájaros
alucina sus ojos con la fábula
y buscando el reflejo
uno sobre otro crecen en la promiscuidad del cieno.
Llevan la cuenta de las plumas caídas
en cada mordedura de la brisa,
hasta que al fin la bestia más bella de la selva
—por ágil y sedienta—
en sus colmillos rinde la jornada libérrima.
Dulce venado de la piel otoñal y la cabeza en celo,
con un acorde de café en los ojos
y una fuga de flautas en la huida,
por cada uno de vosotros sometido
a orillas de la fuente
yo os doy el amor último,
¡que es la memoria entera del amor!
Atrás quedó la niebla.
El cielo aquí abre su sombrilla de encajes,
su gran hongo de sedas descarriadas
y siempre perseguida por los vientos más fieles.
Ya descubro el secreto de la selva:
los duendes del silencio gritan entre los robles,
frotan nuestras palabras contra los pedernales,
hacen saltar la admonición como lagartos negros,
arrastran lentas cadenas de alaridos,
llaman con voces íntimas
y en mitad del encuentro nos abandonan más ciegos y afiebrados;
alzan lámparas verdes como lenguas de jade
con una luz que arrastra los sentidos
y hace saltar el corazón del musgo.
Azotan la piel de las frutas,
hinchan los juncos, soplan los ramajes
y el recinto vegetal colman de moscardones,
de un coro oscuro, silbante, susurrante,
y en las ramas, posadas en una espera ávida
entre iguanas y ortigas suenan las mariposas
y descubren los pájaros los duendes y su origen:
Adentro el campanero cuelga su canto blanco
en las móviles cimas
y el de siete colores desteje el arco iris por puntadas.
En un rito la sombra unta el breve plumaje del moriche
y el arrendajo y el turpial comparten la anochecida forma,
mas, bebiendo del sol, salvan el canto
y se doran los pechos y las alas.
La luz de los diamantes quiebra su varillaje de violento abanico
sobre los guacamayos.
Entre la randa verde, lirios de humo
corta volando el pájaro de plata.
En cada cardenal —brasa dispersa—
la garganta del fuego gime y canta
y el cristofué nacido de esmeralda
y en oro bautizado,
busca el anillo en que asentar su vuelo.
Aquí el color se desintegra y canta.
Labrado en aire
el vitral de los vuelos se destroza
en aleteo constante,
sin sacrificio ni pavor ni alarma.
Nada esclaviza el súbito archipiélago
cuya fugacidad salva el más bello
territorio mortal,
el contemplado en oros bajo el día,
el guarecido en hojas de azabache
cuando la luz recoge la arboleda,
el de la miel y el pétalo temblando
en el espacio ecuatorial del verde,
el del polvo y la hormiga con la muerte,
el del viento y la estrella con la vida.
Aquí el miedo suelta su ancla temblorosa
en la más firme tierra.
Y sus fríos apretados en piedras y en estratos
ganan un lento sol, limpian la herrumbre
de tanta sal original.
Y el hombre vencido en el amor,
quieto en el éxtasis,
es, él mismo, el nuevo árbol, la fuente próxima,
el incendio futuro,
tierra gestando el nuevo paraíso.
Queda la niebla atrás y los misterios
y los ramos de helecho vuelto polvo.
La flor de ávido cáliz bebiéndose la luz de los cocuyos,
el plenilunio tenso como un cuero de plata
y la noche llamando para un ensalmo negro,
los pálidos columpios del bejuco
donde la lluvia asienta su desvelo perenne,
los venenos del árbol y de los caracoles,
la muerte en el curare, el espasmo en la yupa,
la danza entre los mimbres, la cúpula de plumas,
el mapire con huesos limpios por los caribes,
el tatuaje de añil, de azafrán y de onoto,
ese inmenso tapiz de grito y reverencia
que es el hombre en la selva.
Esto es un claro en la montaña.
Y aquí duermen las víboras con los pericos
mientras el retoño alrededor despunta su cúpula gozosa.
Nada perturba el diálogo de los monos a distancia
al encender en mitad de nuestra ronda fatigada
la rosa de montaña de las fogatas.
Lentas pasan las horas, lentas.
Apenas en un vuelo se reconoce el tránsito.
Mana el tiempo su agua densa y oscura
y en mitad del jagüey los hombres escarban su soledad
como una mazorca de tremante poderío.
¿Quién busca el horizonte? ¿Cómo eludir la impavidez del árbol
si hasta los ojos son dos hojas verdes
donde el gusano de la luz devora
la imagen de la tierra?
Vamos hacia el conocimiento.
Nos acompañan los amuletos de nuestras mujeres
y este vago recuerdo del primer hombre empujándonos hacia la tentación.