No te amo con la urgencia del relámpago,
ese fulgor que arde
y se consume en su propia prisa.
Te amo con la paciencia de la raíz,
que avanza en la oscuridad
sin pedir aplausos,
sin saber del cielo,
donde el tiempo no pasa:
se acomoda.
Eres el lugar exacto
donde mi sombra descansa,
la breve claridad
que permanece
cuando todo alrededor se desordena.
Porque amarte no es conquistar tu territorio,
sino aprender a ser la orilla de tu río,
mirarte pasar,
sin detener el agua,
sin pedirle permanencia.
Hay un idioma de manos
que solo nosotros entendemos,
una forma de decirnos
lo que la voz arruinaría.
Somos dos barcos
que dejaron de buscar puerto
para entender, al fin,
que el hogar no siempre es tierra firme,
sino la manera
en que el viento levanta tu pelo.
Si el amor ha de durar,
que sea como la piedra y el musgo:
con inviernos encima,
con grietas verdaderas,
y aun así
sin derrumbarse.
Para que cuando el mundo
sea apenas un ruido lejano,
nos encuentre el alba
todavía juntos,
como una línea obstinada
sobre la página en blanco.
Quédate en el asombro
de mi voz cuando te nombra,
como queda el aroma del trigo
después de la cosecha.
No somos dos mitades
buscando completarse.
Somos dos mundos enteros
que aprendieron a coincidir
sin perder su forma.
Y en ese milagro pequeño,
tan simple
como decir “te quiero”,
todo, por un instante,
encuentra su lugar.
ese fulgor que arde
y se consume en su propia prisa.
Te amo con la paciencia de la raíz,
que avanza en la oscuridad
sin pedir aplausos,
sin saber del cielo,
donde el tiempo no pasa:
se acomoda.
Eres el lugar exacto
donde mi sombra descansa,
la breve claridad
que permanece
cuando todo alrededor se desordena.
Porque amarte no es conquistar tu territorio,
sino aprender a ser la orilla de tu río,
mirarte pasar,
sin detener el agua,
sin pedirle permanencia.
Hay un idioma de manos
que solo nosotros entendemos,
una forma de decirnos
lo que la voz arruinaría.
Somos dos barcos
que dejaron de buscar puerto
para entender, al fin,
que el hogar no siempre es tierra firme,
sino la manera
en que el viento levanta tu pelo.
Si el amor ha de durar,
que sea como la piedra y el musgo:
con inviernos encima,
con grietas verdaderas,
y aun así
sin derrumbarse.
Para que cuando el mundo
sea apenas un ruido lejano,
nos encuentre el alba
todavía juntos,
como una línea obstinada
sobre la página en blanco.
Quédate en el asombro
de mi voz cuando te nombra,
como queda el aroma del trigo
después de la cosecha.
No somos dos mitades
buscando completarse.
Somos dos mundos enteros
que aprendieron a coincidir
sin perder su forma.
Y en ese milagro pequeño,
tan simple
como decir “te quiero”,
todo, por un instante,
encuentra su lugar.