Como anoche, la Luna y su escote al oeste,
dan la espalda al diminuto Júpiter.
Sus halos serenos parecen tocarse,
jugueteando entre las nubes, acariciando
a lo lejos, la inmensa y glotona
fisura del horizonte.
Como desde hace varias noches,
el lucero agobiado coquetea acercándose
a la hermosa menguada,
y al infinito se entregan en baños de soles plateados,
cayendo en las fauces del occidente,
casi tocándose, casi besándose,
frente a un enjambre de tiritantes luciérnagas.
dan la espalda al diminuto Júpiter.
Sus halos serenos parecen tocarse,
jugueteando entre las nubes, acariciando
a lo lejos, la inmensa y glotona
fisura del horizonte.
Como desde hace varias noches,
el lucero agobiado coquetea acercándose
a la hermosa menguada,
y al infinito se entregan en baños de soles plateados,
cayendo en las fauces del occidente,
casi tocándose, casi besándose,
frente a un enjambre de tiritantes luciérnagas.