Chema Ysmer
Poeta que considera el portal su segunda casa
¿Cómo de lejos tus manos de las mías?
¿Cómo de lejos el aire que se respira
sin mover montañas, desplazando arenas?
Los últimos vestigios de una tarde larga y emocionada
abren un único latir que puede aproximarnos.
En el rojo está la salvación de nuestro llanto,
en el púrpura el vacío de la sangre que se derrama
en estrellas revertidas en negro.
Todos fuimos alguna vez estrella,
sin embargo, palabras y gestos
lo olvidaron pronto.
Hubo demasiados gritos,
los silencios demasiado intensos
apagaron velas con voluntad de náufrago.
Las mañanas eran frías,
las manos debajo aún de las sábanas
esperaban ser como flores abiertas
pero sólo eran colmenas cerradas como puños,
como quien blande espadas
con intenciones de herida.
Nos buscamos infinidad de veces
a través de curvas vertiginosas e intrincadas selvas.
Tuvimos la oportunidad de conocernos,
de pintarnos en el vientre pinturas de guerra
y debajo de él, entre los muslos,
acercándonos a cicatrices viejas
de metal fundido
que buscaron los fuegos
que nacieron de unas bocas.
No fuimos pájaros,
fuimos palabras sustentadas en el aire
envolviendo flechas que sabían su destino.
Infinidad de círculos concéntricos
en los comienzos y finales de un espacio
al otro lado de una puerta sin marco
donde la curva de la felicidad muestra sus dientes
y es capaz de morder su lejanía
hasta llegar a reducirla a un simple beso.