La melancolía no se destruye.
Eso sería demasiado limpio para algo que nació del derrumbe.
Uno intenta desmontarla como quien desarma un reloj viejo encontrado debajo del agua:
con paciencia,
con dedos torpes,
con la esperanza ingenua de hallar la pieza exacta donde comenzó el daño.
Entonces empiezas.
Le quitas primero los nombres.
Las ciudades.
Las canciones que tenían tu respiración escondida entre los acordes.
Sacas fotografías de los libros,
perfumes de las almohadas,
mensajes antiguos que seguían sudando a medianoche.
Desconstruyes.
Como si el dolor fuera una arquitectura.
Como si bastara mover una columna
para que el edificio deje de caerse dentro de ti.
Y por momentos funciona.
Hay tardes enteras en las que no piensas en nada.
Donde el corazón parece un cuarto vacío,
recién barrido por la lluvia.
Pero después aparece algo mínimo.
Una mujer se acomoda el cabello en la calle.
Un vaso mal puesto sobre la mesa.
El olor absurdo de un café que alguien olvidó en otra vida.
Y otra vez.
Otra vez esa maquinaria invisible.
La melancolía reconstruyéndose sola,
levantando paredes con restos de memoria,
poniendo ventanas donde juraste clausurar el pasado.
Porque uno es terco.
Terriblemente terco.
Y hay personas que reconstruyen su tristeza
igual que otros reconstruyen iglesias después del incendio.
Piedra por piedra.
Con devoción.
Como si perder el dolor
fuera también perder aquello último que todavía los une a lo amado.
Entonces comprendes algo terrible:
que la melancolía no siempre nace de la ausencia,
sino del miedo de sanar
y descubrir
que el mundo siguió existiendo sin aquella herida.
Y eso sí da miedo.
Porque mientras duele,
todavía hay una forma de compañía.
Todavía alguien vive allí.
Eso sería demasiado limpio para algo que nació del derrumbe.
Uno intenta desmontarla como quien desarma un reloj viejo encontrado debajo del agua:
con paciencia,
con dedos torpes,
con la esperanza ingenua de hallar la pieza exacta donde comenzó el daño.
Entonces empiezas.
Le quitas primero los nombres.
Las ciudades.
Las canciones que tenían tu respiración escondida entre los acordes.
Sacas fotografías de los libros,
perfumes de las almohadas,
mensajes antiguos que seguían sudando a medianoche.
Desconstruyes.
Como si el dolor fuera una arquitectura.
Como si bastara mover una columna
para que el edificio deje de caerse dentro de ti.
Y por momentos funciona.
Hay tardes enteras en las que no piensas en nada.
Donde el corazón parece un cuarto vacío,
recién barrido por la lluvia.
Pero después aparece algo mínimo.
Una mujer se acomoda el cabello en la calle.
Un vaso mal puesto sobre la mesa.
El olor absurdo de un café que alguien olvidó en otra vida.
Y otra vez.
Otra vez esa maquinaria invisible.
La melancolía reconstruyéndose sola,
levantando paredes con restos de memoria,
poniendo ventanas donde juraste clausurar el pasado.
Porque uno es terco.
Terriblemente terco.
Y hay personas que reconstruyen su tristeza
igual que otros reconstruyen iglesias después del incendio.
Piedra por piedra.
Con devoción.
Como si perder el dolor
fuera también perder aquello último que todavía los une a lo amado.
Entonces comprendes algo terrible:
que la melancolía no siempre nace de la ausencia,
sino del miedo de sanar
y descubrir
que el mundo siguió existiendo sin aquella herida.
Y eso sí da miedo.
Porque mientras duele,
todavía hay una forma de compañía.
Todavía alguien vive allí.