Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
Dejar de amarte debería ser tan fácil como cerrar un libro,
marcar la página donde tus ojos me dijeron todo sin hablar
y archivarte en la estantería de los “hubiera”.
Pero no.
Porque amarte fue un error con ortografía perfecta.
Un accidente planeado por algún dios menor,
ese que se divierte cruzando cables en las estaciones del deseo.
Intenté —como buen racionalista de domingo por la tarde—
hacer listas:
cosas que odio de vos,
cosas que me duelen,
cosas que nunca fuiste.
Pero entre cada cosa aparecías vos,
como una nota al margen escrita por tu sombra.
La filosofía dice que el amor es una construcción,
un artificio afectivo que se sostiene por actos voluntarios.
Entonces, ¿por qué no basta mi voluntad para demolerte?
¿Por qué te me aparecés en la taza del café,
en el poema que no escribí,
en la canción que aún no inventaron?
Cortázar diría que amarte es un cronopio:
imposible de atrapar,
absurdo,
dolorosamente alegre.
Y dejar de amarte, una especie de axolote emocional,
una mutación que me mira desde la pecera del pecho
y no termina de morir ni de transformarse.
Hay días en que creo lograrlo.
Respiro hondo, hago yoga,
escojo no pensarte a las 2:14 a.m.
Incluso me río.
Pero entonces alguien pronuncia tu nombre
—no igual, pero parecido—
y ahí estoy, otra vez, reconstruyéndote con las sílabas ajenas.
Dejar de amarte es un proceso en espiral,
no lineal.
No hay lógica aristotélica que lo contenga.
Es como si el corazón fuese un club de jazz
donde vos siempre volvés a tocar,
aunque el cartel diga que esta noche no hay función.
Así que no,
no sé cómo dejar de amarte.
Lo intento a diario con disciplina de relojero,
pero el tiempo se me ríe en la cara.
Tal vez, al final,
no se trata de dejar de amarte,
sino de aprender a vivir con tu eco
sin que me quiebre cada vez que lo escucho.
O al menos,
que me quiebre bonito.
marcar la página donde tus ojos me dijeron todo sin hablar
y archivarte en la estantería de los “hubiera”.
Pero no.
Porque amarte fue un error con ortografía perfecta.
Un accidente planeado por algún dios menor,
ese que se divierte cruzando cables en las estaciones del deseo.
Intenté —como buen racionalista de domingo por la tarde—
hacer listas:
cosas que odio de vos,
cosas que me duelen,
cosas que nunca fuiste.
Pero entre cada cosa aparecías vos,
como una nota al margen escrita por tu sombra.
La filosofía dice que el amor es una construcción,
un artificio afectivo que se sostiene por actos voluntarios.
Entonces, ¿por qué no basta mi voluntad para demolerte?
¿Por qué te me aparecés en la taza del café,
en el poema que no escribí,
en la canción que aún no inventaron?
Cortázar diría que amarte es un cronopio:
imposible de atrapar,
absurdo,
dolorosamente alegre.
Y dejar de amarte, una especie de axolote emocional,
una mutación que me mira desde la pecera del pecho
y no termina de morir ni de transformarse.
Hay días en que creo lograrlo.
Respiro hondo, hago yoga,
escojo no pensarte a las 2:14 a.m.
Incluso me río.
Pero entonces alguien pronuncia tu nombre
—no igual, pero parecido—
y ahí estoy, otra vez, reconstruyéndote con las sílabas ajenas.
Dejar de amarte es un proceso en espiral,
no lineal.
No hay lógica aristotélica que lo contenga.
Es como si el corazón fuese un club de jazz
donde vos siempre volvés a tocar,
aunque el cartel diga que esta noche no hay función.
Así que no,
no sé cómo dejar de amarte.
Lo intento a diario con disciplina de relojero,
pero el tiempo se me ríe en la cara.
Tal vez, al final,
no se trata de dejar de amarte,
sino de aprender a vivir con tu eco
sin que me quiebre cada vez que lo escucho.
O al menos,
que me quiebre bonito.