BEN.
Poeta que considera el portal su segunda casa
Viene la noche
con sus llamas húmedas
madrugada de cielo
madrugada de invierno
reticente materia compuesta
de hígados de bueyes y vísceras
en protesta, viene, vienen las noches.
Atrabiliarias, condensadas en nocturnas
gotas de ropajes alternos, sobre deflagrados
inventarios de atuendos innombrables, bajo
puertas silentes que albergan una sucesión
de instalaciones e interruptores complejos.
Vienen, viene la noche, con sus ventanas abiertas
al cielo infinito, liquidado en zonas de aéreas neblinas,
aromas del frío congelado en tus lágrimas y en las mías,
titubeantes bailarinas del espacio estremecido.
Voy directo a sumirme en el arco doblegado,
en las lágrimas del Oeste, en los charcos inmutables,
en las plegarias de cien templos reconstruidos con sangre,
o en esas eternidades plasmadas en piedra de ciclos de raíces.
Y compruebo, puestas cerradas, ventanas
acechadas, oblicuos pergaminos, rosales de incierta
belleza, constato la erudición de los campos sistematizados,
arrozales venéreos que contrataron al oriental sigiloso,
al peruano investigado, al carente de fuerza, o masa, o protección.
Viene viene la noche: con su mansedumbre de nubes rojizas,
tenues e inveteradas, con su cansancio de bellotas tupidas
cubriendo el magma de los pozos ibéricos y nocturnos.
Tras este silencio de noche, de maizal inquebrantable,
las tumbas retroceden, y me abrigo a sazón
de un ombligo universal, congénito. Trago las esencias
dispersadas por los setos superpoblados de miles de eucaliptos
urbanos, sociales y adaptados al mundo de las egregias acacias
milenarias.
Extraigo fuerzas de la noche, saco los metálicos rudimentos,
los polinizo de pólenes de flores ahusadas, y el fuego abrasa
las llaves plomizas de los inviernos saturados de hambre.
Hambre de pecho, de pezones elásticos manumitidos
al capcioso dueño del árbol en perpetua sombra.
Sus sonidos son mis sonidos, noche de puertas abiertas,
de cánticos y loas, de misterios fundidos en una retama,
como cualquier ramera tú también inventas tus maquillajes.
Y procedo hacia la noche como quien por fin entendiera
la conclusión de la vida-.
©
con sus llamas húmedas
madrugada de cielo
madrugada de invierno
reticente materia compuesta
de hígados de bueyes y vísceras
en protesta, viene, vienen las noches.
Atrabiliarias, condensadas en nocturnas
gotas de ropajes alternos, sobre deflagrados
inventarios de atuendos innombrables, bajo
puertas silentes que albergan una sucesión
de instalaciones e interruptores complejos.
Vienen, viene la noche, con sus ventanas abiertas
al cielo infinito, liquidado en zonas de aéreas neblinas,
aromas del frío congelado en tus lágrimas y en las mías,
titubeantes bailarinas del espacio estremecido.
Voy directo a sumirme en el arco doblegado,
en las lágrimas del Oeste, en los charcos inmutables,
en las plegarias de cien templos reconstruidos con sangre,
o en esas eternidades plasmadas en piedra de ciclos de raíces.
Y compruebo, puestas cerradas, ventanas
acechadas, oblicuos pergaminos, rosales de incierta
belleza, constato la erudición de los campos sistematizados,
arrozales venéreos que contrataron al oriental sigiloso,
al peruano investigado, al carente de fuerza, o masa, o protección.
Viene viene la noche: con su mansedumbre de nubes rojizas,
tenues e inveteradas, con su cansancio de bellotas tupidas
cubriendo el magma de los pozos ibéricos y nocturnos.
Tras este silencio de noche, de maizal inquebrantable,
las tumbas retroceden, y me abrigo a sazón
de un ombligo universal, congénito. Trago las esencias
dispersadas por los setos superpoblados de miles de eucaliptos
urbanos, sociales y adaptados al mundo de las egregias acacias
milenarias.
Extraigo fuerzas de la noche, saco los metálicos rudimentos,
los polinizo de pólenes de flores ahusadas, y el fuego abrasa
las llaves plomizas de los inviernos saturados de hambre.
Hambre de pecho, de pezones elásticos manumitidos
al capcioso dueño del árbol en perpetua sombra.
Sus sonidos son mis sonidos, noche de puertas abiertas,
de cánticos y loas, de misterios fundidos en una retama,
como cualquier ramera tú también inventas tus maquillajes.
Y procedo hacia la noche como quien por fin entendiera
la conclusión de la vida-.
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