mistenig
Poeta recién llegado
​Hace tiempo leí un bello párrafo, que comentaba que escribir debía ser un acto carente de sentimientos, que el escritor debía ausentarse de su obra y maquinar un compuesto gramatical lo suficientemente imparcial que cuando quisiese nombrar algún tipo de flor, no le restase importancia a su belleza por aludirla con menciones de imaginación.
Que las pasiones son engaños de nuestros sentidos que recrean con astucia algo que nunca puede ser tan bueno, que los sentimientos emergen desaforados cuando se posesionan de una pluma y un papel, y que no quedan más que tonterías cuando la mano convulsiona en superlativos que no le son propios a la cosa que adjudica.
Fue entonces que decidí encerrarme en el baúl que se encuentra en la esquina de mi habitación y esperar allí dentro, mientras mi alma se distraía incorpórea frente al teclado. Fueron largas noches de soledad y silencio, esperando que mi conciencia plasmara aunque con frialdad eso que mi corazón ansiaba expresar con alegría y júbilo.
Después de varios años me acerque aquel libro del que mi alma se satisfacía, y el cual mi corazón ansiaba contemplar, pero mi sorpresa fue tal al observarlo vacio, quizás no de letras ni de anécdotas, sino de espíritu, tan lleno de fragilidad, tan ilógico, tan espectador y tan insípido, que aquel día decidí abandonar las letras.
Ahora sé que no debo separar el objeto de su fiel característica, ni la pasión de lo apasionante, ni el sujeto de su conocimiento, ni la verdad de lo inherente,seguramente quitaré alguna de sus imperfecciones y reemplazaré algunos tintes grises por otros menos matices, más sinceros, más secos, y determinantes, así la verdad de la cosa podrá sufrir cambios siempre y cuando el sujeto le apremie con vehemencia, al punto de que le sea un impedimento para su propia respiración, y la cosa pueda llegar a sucumbir y desvanecerse sin su propia deformación, por supuesto siempre los rastros serán nulos, ¿qué sería de la verdad sin su incertidumbre ?
Que las pasiones son engaños de nuestros sentidos que recrean con astucia algo que nunca puede ser tan bueno, que los sentimientos emergen desaforados cuando se posesionan de una pluma y un papel, y que no quedan más que tonterías cuando la mano convulsiona en superlativos que no le son propios a la cosa que adjudica.
Fue entonces que decidí encerrarme en el baúl que se encuentra en la esquina de mi habitación y esperar allí dentro, mientras mi alma se distraía incorpórea frente al teclado. Fueron largas noches de soledad y silencio, esperando que mi conciencia plasmara aunque con frialdad eso que mi corazón ansiaba expresar con alegría y júbilo.
Después de varios años me acerque aquel libro del que mi alma se satisfacía, y el cual mi corazón ansiaba contemplar, pero mi sorpresa fue tal al observarlo vacio, quizás no de letras ni de anécdotas, sino de espíritu, tan lleno de fragilidad, tan ilógico, tan espectador y tan insípido, que aquel día decidí abandonar las letras.
Ahora sé que no debo separar el objeto de su fiel característica, ni la pasión de lo apasionante, ni el sujeto de su conocimiento, ni la verdad de lo inherente,seguramente quitaré alguna de sus imperfecciones y reemplazaré algunos tintes grises por otros menos matices, más sinceros, más secos, y determinantes, así la verdad de la cosa podrá sufrir cambios siempre y cuando el sujeto le apremie con vehemencia, al punto de que le sea un impedimento para su propia respiración, y la cosa pueda llegar a sucumbir y desvanecerse sin su propia deformación, por supuesto siempre los rastros serán nulos, ¿qué sería de la verdad sin su incertidumbre ?
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