No puede. ¡Más que cierto es que no puede!
Resbala hasta su mano de la tuya.
Y tú, vacío de ti, dejas que huya
Y pides a la vida que se quede
tan solo un rato más. Unos segundos.
Lo justo para un «no» desesperado.
Hay una ella lejana en su tejado
que ladra tras sus ojos vagabundos
y tú lo sabes bien. Dice que has sido
genial. Que vaya noche, y que ella suele
coger el primer metro en Tribunal.
Repite que no puede y dentro duele
un poco, una especie de quejido
que nadie escucha, nadie, y menos mal.