El cuerpo espirituoso de la vid refleja el brillo sagrado de un alud de luz mortecina, cuyo agente demacrado ya va variando sus nihilistas compases al son de un eco irrisorio que se pierde en la inmensidad de los ojos fornidos pero empapados de pena profunda. Entonces, el sarampión hace mella en el rostro divino del primer numen que ha dejado caer con rabia la vara de áureo trigal al foso negro como la pez. Donde un conglomerado de calaveras se encienden y apagan ante la carcajada hiriente de Satanás. El cual, bajo la forma engañosa de un joven muchacho de ojos grises, va caminando con orgullo capital alrededor de la fuente que sólo mana sangre e hiel. La noche abre sus puertas de blasfema impiedad. Mientras que de ella bulle la única voz femenina que, ahora, quebrada de tanta desolación es engullida de vuelta en un torbellino transgresor y cruel.